
SABADO 24 DE MAYO, HORA 20, CENTRO ORENSANO
Segundo encuentro de la regional Salvador Allende: Una actividad para hablar de política, de nuestras ideas y nuestro futuro, una ocasión para el disfrute, con cena, orquesta y terminamos con baile. Ticket $ 200
Hablarán: Coordinador de la Región Salvador Allende Javier Cha
Presidente del Nuevo Espacio; Senador Rafael Michelini
Por informes: 9248821 Alvaro Nieves o Gimena Urta.
LA OPORTUNIDAD: EL FUTURO O LA NOSTALGIA
Por Javier Cha
Desarrollando una gestión que exhibe logros indiscutibles en materia económica y social, y que mantiene muy importantes niveles de aprobación en la opinión pública, el Frente Amplio, ha conseguido generar el mayor reconocimiento de la izquierda como expresión de la idea de cambio y de construcción de futuro en nuestra sociedad, su mayor crecimiento y arraigo a nivel nacional.
Nuestra actualidad, nos presenta el desafío nítido de afirmar la acción transformadora de nuestro gobierno y superar, cuanto antes, las dificultades internas de nuestra fuerza política, lanzando a la ofensiva todas las energías del Frente Amplio, para expandir aún más, su implantación y liderazgo en todo el país.
Ése es el desafío central de nuestro presente, cuyo abordaje y desarrollo, abre las puertas a una oportunidad enorme, histórica. La gran oportunidad de consolidar un cambio político revolucionario. La oportunidad de generar el consenso político y la plataforma social que marque una etapa de inflexión hacia el futuro: la apertura de un ciclo histórico de gobiernos sucesivos del Frente Amplio, para la construcción de un país desarrollado, democrática, económica y socialmente.
Sin embargo, pese a lo ya conseguido y a nuestras posibilidades de futuro, el presente nos reporta una singular paradoja. El trabajo político unitario se encuentra debilitado, se impone el internismo y la competencia sectorial como principal recurso de activación, se suceden bloqueos y atascos que impiden importantes definiciones. Se lanzan reclamos hacia la interna, como aristas más salientes de un sentimiento de disconformidad, que afecta a un colectivo que siente que los cambios en curso, no tienen la intensidad y la profundidad imaginada.
De nada sirvieron las advertencias previas, de cuál sería el ritmo y la magnitud del cambio posible. De nada vale que hayamos avanzado más de lo previsto y que los resultados del gobierno superen largamente los objetivos iniciales. Aunque el país exhibe notorios avances en materia social y económica, para muchos compañeros, no es suficiente. No les conforma, no es lo esperado.
Y no es cuestión de informar y exhibir cifras o avances objetivos. Hay otra cosa, algo previo, una expectativa que surge de un punto de partida diferente. Se trata de una visión y una concepción del cambio, mucho más ambiciosa, más simple y repentina, que no conecta con la complejidad de la acción de gobierno e impide asumir en positivo los resultados de nuestra gestión. Es una visión que posee una fuerte carga simbólica y una sensibilidad, en conflicto con las actuales condiciones de la realidad y con la característica de los cambios impulsados por nuestro gobierno, que induce a la frustración y al desencanto.
No es una ocurrencia o un capricho descolgado, es un razonamiento que está presente también en posiciones y discursos de sectores políticos frenteamplistas que, con frecuencia, descargan sus protestas y públicos reclamos al gobierno, básicamente, por la política económica desarrollada.
Reclamos sectoriales que se dirigen, curiosamente, al mismo gobierno que integran con responsabilidades ministeriales de primer orden. Al mismo gobierno, cuyo Presidente es permanentemente invocado con los mejores elogios y demostraciones de respaldo. El mismo Presidente que, con entusiasmo, defiende, hace suya y resalta, en cuanto acto público puede, a la política económica y sus resultados, entre los principales logros de su gobierno.
Pero más allá de contradicciones e inconsistencias, subyace una idea y una convicción de que hay otro camino, que hay otra opción para ir mucho más rápido y mucho más profundo. Otro modelo y otra política económica que, con mayor contundencia y con medidas tajantes, establezca un punto de corte y exprese fehacientemente el rumbo socialista, el compromiso de clase, el contenido popular y de liberación nacional que debe irradiar nuestro gobierno. Que nos ahorre complejidades y sobre todo, la irritación de tener que aceptar las reglas de juego de la economía capitalista y las condiciones de una política económica jugada al crecimiento, que ubica a la inversión y la distribución, como factores decisivos y a la disciplina y el equilibrio, como exigencias básicas de la gestión.
Es una visión del cambio, forjada al influjo de un paradigma revolucionario y voluntarista, que necesita creer que existen atajos, acciones y medidas radicales, cuya aplicación inmediata, permitiría darle una vuelta de campana a la realidad nacional. Pero lamentablemente, esa visión es una ilusión. Nostalgias de otra etapa histórica de la izquierda, de un mundo que ya no existe, de una ideología que fracasó, pero que sigue presente en el razonamiento político de muchos compañeros.
La falta de debate, de crítica y renovación, ha sido el principal motivo para el estancamiento y la inercia de un modelo conceptual obsoleto. El temor a generar desánimo, a perder pie o popularidad de parte de los dirigentes, ha sido un fuerte inhibidor para enfrentar el problema y asumir el deber de informar y formar a los militantes.
¿Cómo explicar ahora, que aquella forma de concebir el cambio social, la revolución, la liberación y el socialismo, tan arraigada en la mentalidad de muchos compañeros, no funciona y está fuera de servicio? ¿Cómo explicar que la lucha por la igualdad, implica hoy, avanzar decididamente en el marco de la única economía existente?
La urgencia de los objetivos electorales, congeló la discusión ideológica y hoy se pagan las consecuencias, reconocía hace poco tiempo atrás, el líder del sector más votado de la izquierda. La práctica de gobierno pone al desnudo nuestros atrasos, la agenda del ejecutivo y la propia realidad no se detienen, innovan permanentemente, generando sucesos que interpelan nuestro análisis y nuestra capacidad política para abordarlos con nuevos criterios.
Los objetivos de nuestra fuerza política, nuestra gran oportunidad, nuestra propia práctica política, en un país que ha cambiado y en mundo radicalmente distinto al que teníamos treinta años atrás, implican la necesidad de compartir un marco de conceptos más adecuado y más elevado, para la comprensión del presente y la capacidad de construcción de futuro, de una fuerza política que ha avanzado mucho mas allá de lo que paradójicamente a veces comprenden sus propios integrantes.
Sería interesante entonces, en algún momento, comenzar a reflexionar acerca de criterios que nos permitan establecer un sentido común más extendido y compartido, una suerte de aproximación ideológica del proyecto frenteamplista en el Uruguay del presente, que permita disminuir la brecha existente entre algunos postulados y nuestra propia práctica de gobierno.
En ése sentido y con total ánimo constructivo me gustaría aportar una serie de comentarios, que están dirigidos directamente al grano de ciertas confusiones que, frecuentemente, perjudican la reflexión, la unidad y el accionar frenteamplista.
UNO En el mundo globalizado actual existe una sola economía, se le llama comúnmente economía de mercado, o si lo preferimos, capitalista. La alternativa económica socialista tradicional fracasó, resultó ineficiente e incapaz de competir con la capacidad de generar riqueza del capitalismo. Para nuestro enorme disgusto, no hay ningún modelo económico alternativo que lo supere, sea real, vigente o en desarrollo. En todo el mundo no lo hay, ni siquiera en teoría y si alguien lo tiene, no ha sido publicado hasta el momento. De todas formas, los sistemas económicos no se inventan, evolucionan, a partir de la evolución general de las relaciones sociales de producción y de las fuerzas productivas, en el marco del desarrollo económico de nuestra civilización.
DOS Lo anterior, no significa de ninguna manera abjurar de nuestros objetivos finalistas, de nuestra vocación socialista, renunciar a nuestra lucha o identidad, negar nuestro sueño de construir una sociedad igualitaria y sin explotación. Para nada. Todo lo contrario, nada más comprometido con ello, que cambiar el presente para poder construir nuestro futuro. Pero para poder cumplir con nuestros objetivos sociales inmediatos, en el marco de este sistema que nos acompañará por largo tiempo, no existe otro camino que no sea el de hacer crecer y desarrollar nuestra economía de mercado, todo lo que se pueda, para distribuir en forma simultánea y progresiva también, todo lo que se pueda. El crecimiento económico es el desafío central de cualquier país que pretenda su desarrollo social. Ser eficientes en el diseño y la gestión económica, no sólo no es de derecha, sino que constituye una obligación básica e ineludible para la izquierda en el gobierno, así como la eficiencia en el diseño y la gestión de nuestras políticas distributivas y de desarrollo social. El mayor crecimiento y acumulación de recursos económicos, es lo que nos permitirá progresivamente distribuir más riqueza y desarrollar más igualdad en nuestra sociedad. Y se debe distribuir también eficiente y progresivamente, dentro de los márgenes que admite la sostenibilidad del crecimiento y el mantenimiento de la estabilidad económica. Estas son las reglas de juego del presente, que marcan el único camino de los cambios sociales democráticos en el mundo actual y ha sido el que han seguido los países que han logrado los mejores niveles de calidad de vida y libertades.
TRES El único socialismo posible y vivible es el democrático, el que tiene a la democracia como objetivo y como condición de su propia construcción. El que construye igualdad en el marco del respeto y la ampliación de las libertades del individuo. Si el socialismo es y debe ser democrático, no hay otra forma de construirlo que no sea a partir de la voluntad democrática de los ciudadanos y eso supone, necesariamente, un camino gradual, progresivo, acumulativo y sinuoso, pues así funciona y se comporta la propia sociedad democrática.
CUATRO El cambio social es un proceso de acumulación histórica, la construcción de un nuevo orden. El proyecto de cambio de la izquierda, es un proceso democrático de desarrollo de la sociedad a partir del desarrollo de sus derechos colectivos, los derechos de todos los integrantes de la sociedad. No hay asalto al poder o al estado, no hay atajos, ni autopista, ni arrebatos que lo sustituyan o precipiten. El poder se genera, se acumula, al estado se accede democráticamente, se gobierna, y la fortaleza de ambas expresiones reside en la profundidad democrática de su capacidad transformadora y el consenso social acerca de los valores del proyecto.
CINCO Los países que han logrado construir las sociedades democráticas más avanzadas del planeta, en cuanto a libertades, igualdades y calidad de vida, lo han conseguido a partir de la aplicación de un proyecto de desarrollo sostenido en el tiempo. Un proyecto económico y político de cambios democráticos progresivos e incrementales. Estos países no han arribado al socialismo, tal cual su versión clásica, por supuesto. En realidad nadie en el mundo lo ha conseguido. Pero sí, han construído sistemas de convivencia social avanzados, han superado la pobreza, han garantizando derechos y oportunidades, han avanzado en igualdad y calidad de vida, mucho más que cualquiera de los países que anteriormente se denominaban socialistas. Todo eso, en el marco de la única economía existente. Esta experiencia marca un camino posible y realizable, que deberíamos emprender con entusiasmo, sin que implique renegar de ningunos de nuestros objetivos ideológicamente más ambiciosos. Se trata de avanzar y construir sociedades con garantías de bienestar, más integradas y democráticas, cada vez más igualitarias. De todas formas, para cualquiera que se lo proponga, no es posible llegar a 10 sin pasar antes por 5.
SEIS En el mundo de las ideas y en el de la izquierda democrática en particular, hace mucho que se terminó y se archivó por inútil, la visión exclusivista de verdad, partido o clase y su secuela de vanguardias, esclarecidos, representantes únicos, iluminados y demás deudos. Cualquiera sabe que no hay predestinados, nadie posee a pirori ningún proyecto infalible, inexorable y superior al resto por que sí nomás. Nadie es expresión única de clase, designio popular, o verdad alguna porque así lo quiera y se autodesigne. Seguir con esa creencia es antipolítico y reduce a quien lo proclame al terreno de la fe, la religión o la alienación.
SIETE El sujeto del cambio no lo determina una asamblea o la fe de un colectivo. En todo caso es un rol que sólo lo puede asignar la propia historia. A mi juicio, el sujeto de cambio más relevante en la sociedad democrática moderna es la izquierda. La izquierda como movimiento histórico y liberador, la izquierda política y social, en su conjunto, como tradición e identidad común, como sujeto democrático y plural, con toda su fuerza y potencial, sus conflictos y su complejidad, para la construcción del consenso social y ciudadano, a partir de los valores de igualdad social, libertad y solidaridad.
OCHO La identidad de izquierda en Uruguay, el proyecto que la representa, el agente de cambio, el Partido: es el Frente Amplio, la historia y la realidad han sido contundentes en cuanto a ello. Los sectores políticos que lo integran son sus fracciones internas, componen una alianza estratégica que hace posible al propio Frente Amplio y su desarrollo, como el gran partido democrático de la izquierda uruguaya. El FA es el único proyecto de izquierda posible y viable en nuestro país. Es el gran protagonista de la construcción política del cambio de izquierda y el avance y la profundidad del mismo, depende de las posibilidades de avance del Frente Amplio, de su gobierno y de la solidez de su respaldo ciudadano.
NUEVE Las concepciones que ubican al FA como una mera alianza táctica o electoral, como una herramienta puntual para una fase de acumulación o como una etapa en el proceso de construcción de la hegemonía y el protagonismo de un sector de la izquierda en particular, son negativas, sectarias, fantasiosas y obsoletas, están fuera de época, de rumbo y de sentido histórico.
DIEZ No hay nada más de izquierda, revolucionario y democrático, como objetivo a mediano plazo, que construir un país sin pobres. No hay mayor tributo a la igualdad que superar la miseria y la pobreza. Y superar la pobreza es un objetivo concreto, humanamente visible y alcanzable, en nuestro país, en el tiempo y en el marco del capitalismo global, con un proyecto sostenido a mediano plazo, sin necesidad de esperar ninguna nueva revelación ni descubrimiento teórico que nos ilumine. Construir un país sin pobres, es un prerrequisito básico, el umbral ético indispensable de nuestro desarrollo democrático, para poder acometer luego desafíos superiores de desarrollo social en nuestro país. Y afirmar un proyecto político y económico sostenido y progresivo, significa continuar al frente del gobierno, conquistar un ciclo de gobiernos sucesivos del Frente Amplio, afirmar la hegemonía de nuestros valores, construir el consenso social de nuestro proyecto político, desguarnecer y minimizar la convocatoria y el discurso de la derecha Para hacerlo, primero que nada hay que estar fuertemente convencidos y comprometidos con este objetivo, como forma de rendirle el mejor tributo a la utopía, que es conquistar nuestro presente para alcanzar aquello que es alcanzable.