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“En el tema de los Derechos humanos, no se puede bajar la guardia”.

Al publicarse días atrás la noticia del fallecimiento del General Jorge Rafael Videla en Buenos Aires, como uruguayos pensamos en el daño que él causó a orientales, no sólo a sus propios conciudadanos argentinos. Y lo primero que nos vino a la mente, fueron dos nombres: Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz.
Aún antes de percatarnos cuán cerca estábamos del 20 de mayo, o sea un nuevo aniversario del hallazgo de los cuerpos sin vida de ambos, asesinados al igual que Rosa del Carmen Barredo, solicitamos al Senador Rafael Michelini , uno de los diez hijos del otrora también Senador, que comparta con nosotros sus sentimientos y pensamientos a raíz de la muerte de Videla.

Este es el diálogo mantenido con el Senador Michelini, 37 años después del asesinato de su padre, pocos días después que el símbolo máximo del “Plan Cóndor” , Videla, murió en la cárcel.
 

 

P: Senador Michelini, hace pocos días murió el General Jorge Rafael Videla bajo cuya dictadura , en el marco del “Plan Cóndor”, fue asesinado su padre. ¿Cómo se combina lo personal con la lectura general que hay que hacer de una situación así al morir una fi-gura como Videla, tan clave en aquellos años oscuros en América Latina?

R: La muerte de Videla cie-rra una etapa.El fue el símbolo, incluso más que Pinochet, del horror del terrorismo de Estado y del Plan Cóndor. No hay país en aquellas décadas que haya hecho en tan poco tiempo una exterminación de ciudadanos de su país con tanta eficacia. Y ha-bía una decisión el propio Videla lo transmitió en más de una ocasión de eliminar entre 6.000 a 10.000 argentinos.Y ahí saltó el “Plan Cóndor”, que era tam-bién el exterminio, la desaparición forzada, el asesinato tam-bién de extranjeros, que eran para ellos el enemigo.

P: ¿Qué sabemos acerca de cuántos extranjeros fueron asesinados en Argentina en el marco del Plan Cóndor?

R: Yo no tengo números exactos, pero fueron varios cien-tos. Incluso las cifras de desaparecidos varían, pero es inmensa, inclusive si se toma la más minimalista.

P: ¿Y uruguayos?

R: Hubo algo menos de 200 uruguayos desaparecidos en Argentina. Pero sólo uruguayos. También hubo de otros países.

P: Me imagino que en general uno no se alegra por la muerte de una persona…que además con morir no podrá devolver la vida a nadie..¿Qué sentimiento inspira entonces el que alguien tan emblemático, para mal, como Videla, haya fallecido, sabiendo que en su vida personal él fue responsable de vuestra tragedia?

R: Yo no me alegro de la muerte de nadie, entre otras cosas en estas circunstancias, porque Videla tenía mucha información para aportar y uno siempre tenía la esperanza que en algún momento pudiera tener un pequeño flash de piedad y dar, agregar información que pudiera servir para construir ese gran rompecabezas que es la verdad y que vamos reconstruyendo pedacito a pedacito. Pero repito: él cierra una etapa de lo que significó la no convivencia, el odio al otro, el perseguir al diferente e incluso con ensañamiento. Cuando uno repasa los números ve que hay ciertas etnias, ciertos orígenes, ciertas características, con los que se ensañaron más. Notoriamente la cantidad de judíos que cayeron en manos de la dictadura y fueron sus víctimas, triplicaba o cuatriplicaba el porcentaje de personas de ese origen que están en Argentina. Eso significa que con determinadas colectividades se ensañaron.

P: Y que además, cuando ya estaban adentro, la pasaban peor..

R: Sin duda.. Eso explica cómo al que ellos sentían diferente lo perseguían aún más. Y también por el sentimiento de amor a la libertad que muchas personas de origen judío naturalmente tienen.

P: Senador, usted era ya un muchacho grande cuando fue asesinado su padre…

R: Tenía 17 años.

P: Así es.. ¿Cómo fue aquel día, aquel 20 de mayo en el que se encontró su cuerpo… si no es demasiado doloroso volver a recordarlo?

R: Fue muy fuerte. La familia ya estaba afectada porque 48 horas antes él ya había sido raptado junto a Gutiérrez Ruiz. Eso fue impactante en mi casa. Mi madre se fue a Buenos Aires, intentando hacer cosas para poder salvarle la vida. Hubo una comunicación con Luisa, una norteamericana que enseguida se comunicó con el Senador Kennedy, que enseguida se comunicó con la Cancillería norte-americana, con Kissinger que era en ese momento el Secretario de Estado. Pero los cables a la embajada norteamericana en Argentina tuvieron un tenor que no era de altísima prioridad como debe darse en esos casos, como para que la embajada norteamericana presionara con toda intensidad.

Lo cierto es que estábamos a la mano de Dios..Una dictadura en Argentina que recién comenzaba, la dictadura uruguaya que presionaba, la presión internacional que era importante.. y naturalmente la decisión de eliminar a dos parlamentarios prestigiosísimos que eran naturalmente sí enemigos de la dictadura y del terrorismo de Estado.

P: ¿Usted estaba en la casa, o sea en el hotel, cuando se lo llevaron?

R: No. Mi padre vivía exili-do en Buenos Aires, en un hotel donde le habían cedido una habitación que no pagaba. Un hermano mío vivió con él en forma permanente. En ese momento otro hermano mío también estaba con él. Eran los dos hermanos mayores. Entraron a la habitación con las llaves de portería, les pusieron una frazada en la cabeza a mis dos hermanos, apuntándolos con revó-veres y dijeron “Michelini, te llegó la hora”.A pesar de eso nosotros pensamos que no había una primera intención de matarlos porque le dejaron llevar remedios y cierta vestimenta, por lo cual parecía que iba a estar en cautiverio.Pero notoriamente tomaron luego una decisión que todavía no sabemos en que grado se tomó. Naturalmente en los más altos lugares de decisión del gobierno uruguayo, para decidir su asesinato.

P: Cuando todo esto, usted estaba en Montevideo y tenía que seguir todo, con la angustia inevitable de la situación, desde la otra orilla, pero una distancia que imagino le parecía enorme en ese momento.

R: Claro. Cuando lo raptaron yo estaba en Montevideo y cuando lo mataron también. No hay que olvidar que una hermana mía estaba presa, que tengo hermanos chicos y yo, con 17 años, quedé un poco al frente de la casa, porque mi madre se había ido a Buenos Aires a tra-tar de salvarlo, de ubicarlo, haciendo entre otras cosas las denuncias correspondientes.

P: ¿Cómo se maniobra e-tre el dolor personal como hijo y el estremecimiento a nivel nacional? ¡Ayuda el que un pueblo sea parte del dolor que ustedes vivían en lo familiar, o es una carga muy pesada?

R: El cariño de la gente ayuda. Es un orgullo que la gente se acerque a uno, recuerde a mi padre… y que el día que se hace la marcha por los desaparecidos, por la recuperación de la justicia, por los derechos humanos, sea, como símbolo, la fecha de su muerte, que también es la fecha de su cumpleaños. Éstá esa misma contradicción de su vida, del momento que vive y el momento que muere.

P: ¿Qué recuerda usted Senador, de su vida con su padre?


R: Yo pude disfrutar a mi padre ya como adulto muy poquito. Fueron muy pocas conversaciones que tuvimos ya como adulto. Todas las otras eran de padre a hijo, tratando de darle enseñanza, de generarle experiencia, pero no de tomar en cuenta la opinión ya como ser adulto… que ni siquiera lo era. Es que tuve pocas conversaciones con él teniendo yo 17 años. Por eso lo que más le reprocho a la dictadura es no haberme dejado disfrutar de mi padre ya como adulto. Es una rebeldía que llevo adentro. Era una persona hiper inteligente,sensible, capaz, admirada, tenía todas las condiciones, y vaya que uno podría haber disfruta-do y logrado esas enseñanzas que no pude tener. De cualquier manera, tengo mis recuerdos de aquellas algunas conversaciones y el hecho de haber podido tener por lo menos ese disfrute. Incluso lo visité a él en Buenos Aires diez o doce días antes de su muerte.

P: Y antes de aquellos oscuros años de la dictadura ¿el enojo era quizás con la política que lo absorbía?


R: En Buenos Aires, cuando se exilió, lo disfrutamos más porque la política le sacaba menos tiempo. Cuando yo tomé ya conciencia, de chico, mi padre venía e iba pero nuestro tiempo pasaba en otra instancia. Recién cuando tuve 13 años tomé la dimensión de lo que era mi padre, de lo que era la política, los conflictos de ese momento.. Fui a una primera manifestación con una hermana que me llevó. Y de los 13 a los 17 es que tomé conciencia del valor que tenía mi padre. Antes vivía como en una burbuja, jugando al fútbol, estando en el barrio con amigos, yendo a la escuela. No tenía conciencia de la dimensión que tenía mi padre a nivel político y a nivel institucional.

P: Me imagino que estando usted ya hace tantos años en la política, tiene que haber una convicción muy grande.Pero al principio ¿tenía algo que ver con seguir los pasos de su padre?

R: Nunca me hice un pla-teamiento así porque cuando él muere, en mi casa se produce como una bomba atómica. Dos de los nueve hermanos que tengo, Zelmarcito y Cecilia, se exilaron en Europa. Un mes y medio después desaparece una hermana mía con su pareja y recién aparecen vivos cuatro o cinco meses después. Mi sobrino, el hijo de mi hermana, queda desaparecido por un buen tiempo y lo hallamos finalmente con una actitud tenaz de mi madre que buscaba a su nieto. Mis hermanos y yo la necesitábamos para que nos contenga con la muerte de mi padre. Otra hermana presa. Fue una cosa muy fuerte. Al final aparece mi sobrino, luego mi hermana ya en diciembre del año 76, con su pareja… y las cosas se empiezan a encaminar. Ahí lo que hicimos fue poner el hombro para sacar mi casa adelante, atender a mi madre también porque para ella era muy fuerte todo lo que le estaba pasando. Y después empezar a luchar despacito por la libertad, con todas las dificul-tades de estar en un trabajo y que te echen… Naturalmente ser Michelini en Uruguay era un foco inmenso porque es un apellido que no pasa desapercibido.

Cuando vuelve la democracia yo soy electo edil y durante los primeros seis meses como edil el choque de estar en un puesto legislativo de la ciudad de Montevideo, frente a la adrenalina que significaba luchar contra la dictadura, sabiendo que en cualquier momento te podían detener, llevar preso o podías perder la vida… era muy fuerte. Ser edil en ese momento era una cosa que parecía tan aburrida frente a lo otro que si bien era un riesgo total, tenía una cuestión épica muy fuerte, que a mí se me replanteó si yo mismo quería hacer política. Y no vinculado al tema de mi padre ni de mi familia sino si yo mi-mo quería estar en un cargo público que tenía naturalmente un grado de adrenalina, de gloria y aspectos épicos sustancial-mente menor. Después de seis meses decidí que sí.

P: Pasó un período de acostumbramiento….

R: Y de mucha reflexión per-sonal.. Pero no tenía una vincu-lación directa con mi padre ni a lo que era la dictadura sino un tema de introspección personal, si yo quería eso o no. Decidí que sí y acá estoy.

P: ¿Vivió momentos, situa-ciones políticas en las que se pensó qué habría hecho su padre en su lugar?

R: Yo tengo hermanos muy políticos por los cuales tengo una gran admiración. Y podían ellos ocupar los lugares que quisieran. Por lo tanto, no pesa-ba en mí un mandato de seguir los pasos de mi padre porque si yo no lo hiciera nadie de mis hermanos tendría la vocación de hacerlo. Yo me planteaba si quería hacer política aburrida en esos términos lo plantea me preguntaba si tengo vocación de servicio, de tratar problemas con los que viene la gente como que no le conectaron la luz. Es que ser edil implica el contacto con los problemas de la gente más concretos, que no hay iluminación, que no le arreglaron la calle, que no le recogieron la basura…Y tiene un contraste tal con la lucha contra la dictadura, con el riesgo que uno pasaba, la adrenalina y la clandestinidad en la que uno hacía las cosas prohibidas por la dictadura, que ni por lejos era comparable con la tarea aburrida de ser un servidor público. Y decidí que sí, que yo me voy a dedicar a eso. Por suerte después, tanto la parte de edil como de diputado y luego estos cuatro períodos de Senador (voy a cumplir cerca de 20 años de Senador), tuvieron mucho más adrenalina de lo que yo pensaba.

P: En determinado momento creo que en Uruguay, en gran medida, se sentía que la discusión sobre los crímenes de la dictadura estaba más superada que hoy..Siempre hubo discusiones y posiciones encontradas, pero hubo años en los que la polémica era, creo yo, menos álgida que ahora.. Y cuando se suma la discusión de los últimos tiempos nada más ni nada menos que con la Suprema Corte de Justicia… el tono ya es muy complicado. ¿Cómo ve usted hoy al país en este sentido?

R: En un momento éramos muy pocos los que pensábamos que se podía volver a encontrar el camino para la justicia. Éramos muy pocos. Uno sentía que en esos campos se había bajado los brazos o que no había claridad respecto a lo que había que hacer. Y me siento orgulloso de haber sido uno de esos pocos. Tuvimos claridad respecto a lo que había que hacer. Primero, que teníamos que levantar las banderas, aunque fuéramos muy pocos. Segundo, teníamos que construir los escenarios para que todo el mundo se acercara de una manera cómoda. Por eso las Marchas del Silencio son en silencio, para que ninguna consigna de tal grupo o tal colectivo pudiera superar a la otra. Que había que hacer un basamento de alianzas muy amplia. Que había que reclamar primero la verdad, antes que la justicia. Y que la lucha había que darla en todos los ámbitos: en el campo internacional, en el campo de la denuncia periodística, los testimonios, los familiares, la movilización, en el campo ins-titucional, siendo muy serios también en las denuncias que se presentaban para que no hubiera ninguna situación de irrealidad .

P: Cuando fue adoptada la Ley de Caducidad, la intención no fue decir que los crímenes de la dictadura no fueron tales ni dar a entender que no importan sino tratar de abrir una nueva página para tratar de pacificar al país. También hoy hay mucha gente que sigue estando de acuerdo con eso.¿Se puede dar marcha atrás completamente sin desgarrar a Uruguay?

R: Hubo un colectivo impor-tante que pensó que ese momento había que privilegiar la paz, antes que la justicia. También hubo un colectivo, ahora por suerte casi nulo pero que en ese momento no era minoritario, que glorificaba la acción del terrorismo de Estado o de los militares que cometieron los peores crímenes. Por eso, cuando nosotros levantamos determinadas banderas, diji-mos que quienes habían dicho en aquel momento que era el momento de la paz, bueno.. dénos ahora el momento de la justicia.

Por eso yo creo que nosotros remontamos un sentimiento del conjunto de la sociedad a partir de poner en cada paso que dábamos, el encuadre sociopolítico que se necesitaba. Los que levantamos las banderas de los derechos humanos no fuimos unos loquitos vengativos ni nada parecido. Eran personas serias, consustanciadas con el destino del país, amantes de nuestra patria, y que tenían en el sentido de la justicia un don a recuperar para toda la sociedad uruguaya.Y por eso, el conjunto de la sociedad uruguaya fue confiando cada vez más en nosotros.

P: Y los planteamientos a la ciudadanía, en dos oportunidades.. ¿no tienen peso? O sea… dar marcha atrás en todo esto.. ¿no es desconocer la forma en que la ciudadanía se pronunció?

R: No, porque la ciudadanía en el año 89 decidió no habilitar el recurso que pudiera tirar la Ley de Caducidad abajo, aun-que era inconstitucional. No lo habilitó. Y perdimos, natural-mente. Y fue un balde de agua fría. Por eso digo que años después éramos muy después los que creíamos que ese partido se podía remontar.

En el caso del año 2009 a pesar de que las encuestas y los pronósticos determinaban que esa ley se podía anular, mezclado en la elección con otras reformas constitucionales, notoriamente, sin invalidar lo que digo sobre el pronunciamiento de la gente, no hubo una discusión específica sobre el tema, que sí hubo en el 89.Pero repito: que no nos ha-yan habilitado el recurso en el 89 y que en el 2009 nos hayan dicho que no se iba a reformar la Constitución, de nada convalida el pensamiento de que no se buscara por otros caminos tirar la Ley de Caducidad abajo. Es más: la propia Suprema Corte de Justicia la declara inconstitucional muy poquito tiem-po antes .Y ese impacto de la Suprema Corte de Justicia no pudo llegar al conjunto de los ciudadanos. Si se la hubiera de-clarado inconstitucional tiempo antes, no habríamos recorrido el camino de las firmas y de cambiar la Constitución.

P: O sea que usted siente que hay todavía luchas por librar…


R: Por supuesto. En el terreno de los derechos humanos -y hay muchos que en ésto a nivel internacional lo han hecho y la colectividad judía en eso ha sido sabia y clara- no se puede bajar la guardia. No se puede bajar la guardia. La memoria es un elemento esencial para que los genocidas no vuelvan a pasearse con toda tranquilidad en el reino de la impunidad.