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En memoria de Emilio Fermín Mignone y de las madres y abuelas que murieron sin encontrar a sus hijos desaparecidos y recuperar la identidad de sus nietos apropiados .

La confesión de Videla sobre los desaparecidos”. Hablamos de “disparador inmediato” porque muchas de las cuestiones que abordan, nos han acompañado dolorosamente durante las últimas décadas. Pero  nunca antes nos habíamos encontrado con las circunstancias que se nos han presentado recientemente. Por un lado el reconocimiento expreso de parte de uno de los máximos jerarcas de la dictadura cívico militar   de su responsabilidad en la ejecución de un siniestro plan de exterminio del que nuestro país fue víctima como parte de un proyecto regional (Plan Cóndor) inspirado por la Doctrina de la Seguridad Nacional. Plan éste, dirigido a aterrorizar indiscriminadamente a nuestro pueblo, para hacer posible la ejecución de un proyecto económico, social y político, sustentado por la explotación y la exclusión de amplios sectores de la sociedad argentina y destinado a fomentar la concentración de la riqueza, la extranjerización de nuestra economía y la demolición del estado democrático.  Y por otro lado, las manifestaciones del mismo personaje que ponen en evidencia la actitud claudicante, cuando no abiertamente cómplice, de  buena  parte del episcopado de nuestro país, mientras miles de personas, la mayoría de ellas cristianas y decenas de sacerdotes, religiosos y religiosas católicos, eran brutalmente secuestradas, torturadas y asesinadas.

 

Esta inédita situación de reconocimiento criminal por un lado y de señalamiento de corresponsabilidades eclesiásticas por el otro, constituye sin duda un escándalo que por su magnitud reclama de parte de quiénes nos sentimos miembros de la misma comunidad de creyentes y ante el incomprensible silencio  de los obispos, una reacción impostergable.
Es la historia la que nos interpela como cristianos y por ello necesitamos dirigirnos a los actuales integrantes del episcopado exhortándolos y exigiéndoles,  acciones concretas que repudien las afirmaciones del dictador y demandarles también, los gestos y decisiones que contribuyan  a reparar y poner fin al daño causado por las inconductas de sus antecesores.
No podemos dejar de señalar que insistir en el silencio es resignar responsabilidades ineludibles y convalidar hoy, vergonzosas acciones y omisiones del pasado. No pueden quiénes se reivindican como pastores del pueblo de Dios, actuar como encubridores de hechos incalificables que aún agravian a sus víctimas y laceran espiritualmente al conjunto de la sociedad argentina.
No se trata de argüir sobre hechos y cuestiones saldadas largamente a lo largo de los 28 años  de democracia, por las investigaciones desarrolladas en la búsqueda inconclusa, de la  Verdad y la Justicia. Los jueces se han pronunciado a veces con inocultable morosidad y otras de manera insuficiente. Sin embargo merced al esfuerzo de los organismos de Derechos Humanos y al acompañamiento popular, parte de los responsables de la masacre, rinden hoy cuenta ante la justicia con todas las garantías del debido proceso.
Se trata en cambio,  con humildad no exenta de firmeza, de advertir al episcopado, sobre la necesidad de actuar, ante la gravedad de las circunstancias descriptas, con la resolución que la salud espiritual de nuestra comunidad reclama.
Las declaraciones de Videla, un criminal convicto y ahora confeso superan, por su perversión y contumacia, a todo lo hecho público por los represores con anterioridad. Videla con sus declaraciones no solo justifica y reivindica las atrocidades cometidas  sino que  señala como cómplices de ellas, por acción u omisión, a gran parte los jerarcas episcopales de entonces.
Ante esta inédita atribución de responsabilidades, exigimos como miembros de la Iglesia de Cristo que los obispos se manifiesten públicamente y sin ambigüedades frente a un escándalo que de no condenarse, pondría en duda su propio compromiso pastoral.                 
El pasado si bien inmodificable, es todavía reparable. Lo que no se quiso, no se pudo o no se supo hacer desde la jerarquía episcopal cuando miles de hombres y mujeres, buena parte de ellos nuestros hermanos en la fe,  eran secuestrados, torturados, asesinados, privados de su identidad y del derecho ancestral a ser dignamente sepultados; ha tenido un costo altísimo para el poder testimonial y la credibilidad de nuestra Iglesia.
Creemos y confiamos en que existe aún la oportunidad de reparar al menos parcialmente ese pasado y servir así a la mejor comprensión del mensaje evangélico siendo sobre todo, testigos fieles de su verdad mediante el compromiso activo con los valores que proclama.
La jerarquía, de la que hoy  no forma parte ninguno de los que como obispos convivieron con  el terror estatal, tiene la oportunidad de liberarnos  de la pesada mochila de un pasado que cargaron los que, por decir  lo menos, no supieron, no pudieron  o no quisieron estar a la altura de sus  responsabilidades pastorales.
Dicho todo lo anterior afirmamos que no nos mueve otro interés que el más sincero deseo de que la Iglesia de la que somos parte, no hipoteque una vez más su autoridad moral y con ella su credibilidad y potencialidad evangelizadora.
Es desde  estos presupuestos que nos atrevemos a preguntar:
¿Puede seguir integrando la comunidad cristiana quién reconoce públicamente y sin arrepentimiento alguno,  haber encabezado como su máxima autoridad un gobierno tiránico durante el cual y siguiendo sus órdenes, se torturó, asesinó y se hizo desaparecer a miles de seres humanos?(2) y (3). 
¿Puede seguir siendo miembro de nuestra comunidad religiosa quién ignoró en los hechos  la sacralidad del cuerpo humano,  templo del Espíritu Santo (1Cor.6; 19.20) (4) consagrado como tal desde la decisión de Dios de hacer a sus creaturas  coparticipes en el trabajo inconcluso de la creación,  y reconoce e intenta justificar la aplicación de torturas y vejaciones a los detenidos y secuestrados? (5)
¿Puede acceder a la eucaristía quién no manifiesta previa y públicamente su arrepentimiento ante crímenes atroces y aberrantes que no pueden por sus características y repercusión social quedar limitados al ámbito privado?
¿Cómo puede Videla asistir a  misa y comulgar pese a la contumacia que exhibe con relación a sus crímenes lo que lo lleva a recurrir a afirmaciones propias de un mesianismo blasfemo?(6)
¿Puede la jerarquía de la Iglesia Argentina, seguir en  silencio y no condenar lo que constituye un manifiesto agravio al Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, a la comunidad de los creyentes y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad?
Es obvia la respuesta de quiénes compartimos este texto. Pero quizás no sea inútil transmitir algunas reflexiones más, con la esperanza de que las mismas ayuden a tomar las decisiones que correspondan y que de postergarse conspirarán seriamente contra el mejor cumplimiento de nuestra misión testimonial y pastoral.
En sus reportajes a la revista Cambio 16, Videla presenta a la Iglesia como testigo complaciente de la matanza que se estaba desarrollando en nuestra Patria. Comienza el reportaje de Ricardo Angoso del 16 de febrero de 2012 diciendo su autor: “Aún hoy se siente orgulloso de haber sido una de las cabezas visibles del periodo histórico más deleznable de la historia reciente de Argentina, con miles de desaparecidos y asesinados por la Junta Militar. Eso sí, agradece los servicios prestados, a la Iglesia católica.”
Este personaje que en el libro de Reato no duda en decir que asume su prisión: “…como otra acción de servicio a Dios y a la Patria” (7)  le dedica a la jerarquía  de entonces un párrafo que confirma lo que los católicos que lo vivimos pudimos percibir y que con envidiable templanza y compromiso cristiano relata Emilio Fermín Mignone en su histórico libro “Iglesia y Dictadura”.
Según Videla, la jerarquía de entonces –con tan honrosas como minoritarias excepciones- fue “prudente”, dijo lo que “le correspondía”  decir sin causarle a los responsables de la masacre y sus perversiones colaterales, “problemas inesperados”.(8)
De ser esto cierto y creemos dolorosamente que así lo fue, la jerarquía de la iglesia argentina, a diferencia de otras comunidades hermanas del continente, volvió a sacrificar su vocación profética y su deber de proteger el rebaño confiado por Dios a sus pastores, a las comodidades y dudosos privilegios con que premia el poder temporal a los que claudican en sus responsabilidades trascendentes. Vale quizás acá recordar la cita testamentaria mencionada parcialmente al inicio de la obra citada de Emilio Fermín Mignone:
”Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel…Dirás a los pastores: Así dice el señor Yahveh: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar el rebaño?...Por eso pastores, escuchad la palabra de Yahveh: Por mi vida, oráculo del Señor Yahveh lo juro: Porque mi rebaño ha sido expuesto al pillaje y se ha hecho pasto de todas las fieras del campo por falta de pastores, porque mis pastores no se ocupan de mi rebaño, porque ellos los pastores, se apacientan a sí mismos y no apacientan mi rebaño; por eso, pastores, escuchad la palabra de Yahveh. Así dice el señor Yahveh: Aquí estoy yo contra los pastores: reclamaré mi rebaño de sus manos y les quitaré de apacentar mi rebaño. Así los pastores no volverán a apacentarse a sí mismos. Yo arrancaré mis ovejas de su boca y no serán más su presa” (Ezequiel 34; 1,10)
El párrafo que Videla dedica a los “públicos documentos episcopales” pone en evidencia la intrascendencia de los mismos en orden a evitar la continuidad de la matanza y las prácticas aberrantes que desplegaba bajo su conducción, el aparato represivo.
¿Hubiera podido la jerarquía de entonces, actuar de un modo diferente?. No hay dudas de que sí.
Sin reclamar actitudes heroicas ni testimonios de martirio -que para gloria de Dios y de su Iglesia también los hubo- no hay duda alguna de que por su poder espiritual, especialmente influyente sobre la “familia militar”; una condena explícita de la tortura y de la ejecución clandestina de prisioneros hubiera generado un estado de debate y contradicción internos, de consecuencias imprevisibles en orden a salvar vidas y moderar los tormentos de los secuestrados.
¿Qué hubiera ocurrido con los hijos arrancados de sus madres y privados de su identidad, si la Iglesia hubiera actuado con contundencia y claridad ante este crimen que prácticamente no reconoce antecedentes?
¿Cómo se explica que en varios de los tenebrosos casos de entrega de esas creaturas, aparezcan implicados religiosos y religiosas católicos?
Lamentablemente resulta imposible negar que en la mayoría de los casos por omisión, en algunos otros por complicidad activa y afinidad ideológica; la jerarquía fue incapaz de cumplir con su misión profética de enfrentar con decisiones claras y contundentes a una tiranía manifiestamente contraria a los principios y valores de nuestra Fe y que en el colmo de su delirio, proclamaba actuar en defensa de la “civilización occidental y cristiana” .
Queremos aquí recordar y honrar con admiración a la minoría de pastores que alzaron su voz para dar testimonio del mensaje evangélico. Especialmente a aquellos que al hacerlo cumplieron hasta el extremo, con el mandamiento evangélico de Nuestro Señor: “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn.15; 12 y 13)
Si acerca de ese pasado, triste y doloroso pareciera caber solamente el arrepentimiento sincero y pastoral,  las aberrantes declaraciones de Videla pueden ser, paradojalmente,  una oportunidad para expresar con gestos y decisiones concretas la voluntad reparadora de una iglesia que trasciende en mucho a sus circunstanciales jerarquías.
Pedimos y exhortamos a que se pronuncie una condena categórica de sus manifestaciones acompañada de la negación de su acceso a la eucaristía hasta que no se produzcan las condiciones previstas para concederle el sacramento de la reconciliación que no son otras que el arrepentimiento, el reconocimiento de los pecados cometidos y la voluntad de reparar sus consecuencias.
Por tratarse además, de pecados públicos agravados por el  escándalo que supone su también, pública reivindicación; el arrepentimiento y las demás exigencias sacramentales, no pueden quedar recluidas en el ámbito de la intimidad confesional.
Si esta condena se extiende también, a todos los que hayan cometido los crímenes propios del terrorismo de estado y tengan conocimiento de donde se encuentran los restos de los desaparecidos y cuál ha sido el destino de los hijos arrancados de los brazos de sus madres y que viven aún con una identidad falsificada; estamos convencidos de que la Iglesia produciría una trascendente contribución reparadora. Esto sería además un aporte concreto, a una reconciliación que sólo sería digna de tal nombre si fuera auténtica y que para serlo, no puede eludir el duro tránsito por los caminos de la Verdad y la Justicia.
Vale ahora un párrafo dirigido a los capellanes militares, que estuvieron en “servicio” en los tiempos del terrorismo de estado. Creemos  que algunos de ellos deben de estar aún vivos. Es casi imposible que quienes estuvieron en unidades militares empeñadas activamente en la denominada “guerra sucia” hayan ignorado lo que ocurría, menos aún los que ejercían su “ministerio” en donde funcionaban centros clandestinos de detención. Muchos de ellos  escandalosamente colaboraron –como el cura Christian Von Wernich-  con los torturadores y asesinos, pecando sacrílegamente contra su ministerio sacramental.(8)
Creemos que es una obligación ineludible de la jerarquía exigir que aquellos sacerdotes que hayan colaborado o tenido conocimiento del asesinato y/o desaparición de personas o conozcan el destino de los niños arrebatados a sus familias, transmitan a las autoridades de la Iglesia, bajo el apercibimiento de ser sancionados automáticamente con las penas canónicas más severas que pudieren corresponderles, toda información que permita identificar el destino final de los desaparecidos y de los hijos que permanecen aún secuestrados y privados de su identidad. Según el caso, la Iglesia podrá exigir además la presentación de los involucrados a la justicia o denunciarlos por ella misma, de no existir de por medio el secreto de confesión.
En este último caso y esto según nuestro modesto entender, el secreto de confesión, debe proteger al que hubiere requerido el perdón, pero de ninguna manera obliga al sacerdote a extenderlo en perjuicio de inocentes que son víctimas actuales del pecado cometido. De actuar así travestirían su condición de ministros del perdón por el de cómplices de un delito continuado y al secreto de confesión en injustificable encubrimiento.
No podemos dejar de señalar que cada madre, padre, abuelo o abuela o cualquier otro familiar que deja este mundo se lleva consigo un dolor irreparable y agrava de manera irremediable el crimen cometido.
Si la tortura como lo creemos busca más que la información con que se la intenta justificar, la degradación de la dignidad de los torturados; estamos convencidos de que el ocultamiento del destino de los asesinados y de los nietos que son buscados con santa desesperación por sus abuelas y familiares, es una tortura que sigue agraviando en primer lugar a la dignidad de las víctimas, pero también a la de todos los que somos parte de esta comunidad espiritual que denominamos Nación Argentina.
Es por ello y por la relación de subordinación que los capellanes tienen con la jerarquía, que sin perder más tiempo, la Iglesia debe de exigir de ellos la verdad en plazo perentorio, para de ese modo sí contribuir con hechos a la reconciliación que tantas veces se enuncia solo con palabras.(9)
Con la esperanza puesta en Dios nuestro Señor, oramos para que el Espíritu Santo ilumine las conciencias de la jerarquía episcopal y haga posible la toma de decisiones y acciones que evidencien su voluntad reparadora y su compromiso con la reconciliación de los argentinos con nuestro propio pasado. Que nuestra Señora de Luján patrona de la Patria nos acompañe a todos en el logro de este imprescindible aporte a la construcción de una comunidad reconciliada en la Verdad, la Memoria y la Justicia.

 

 

CITAS Y COMENTARIOS:


(1) La definición que Videla da del término con que se titula el libro, pone en evidencia su desprecio manifiesto por la condición humana de las víctimas del plan criminal que dirigió y ejecutó sin ningún tipo de escrúpulos o remordimientos.

(2) “La verdad es que durante cinco años hice prácticamente todo lo que quise. Nadie me impidió gobernar, ni la Junta Militar ni ningún factor de poder…”. ““Ojo, no estoy arrepentido de nada, duermo muy tranquilo todas las noches; tengo sí un peso en el alma, pero no estoy arrepentido ni ese peso me saca el sueño…”  Reato páginas 16 y 34.

(3)  Aclaramos para que no haya dudas que, el “peso en el alma” al que se refiere el dictador, en la cita anterior, es el que le reclama “hacer una contribución para asumir mi responsabilidad de una manera tal que sirva para que la sociedad entienda lo que pasó y para aliviar la situación de militares que tenían menos graduación que yo.”

(4) En este punto no se nos escapa que Pablo se refiere a los “pecados de la carne” a los que nuestro humilde entender la Iglesia ha prestado una desmedida atención en perjuicio de otros que, como en este caso, exhiben el demérito de ser muchísimo más graves. Si  Pablo nos recuerda en la misma epístola versículo 13, que es el amor la mayor de las tres virtudes teologales y el mismo Jesucristo nos enseña en Marcos 12,31 que el segundo de los mandamientos es “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” solo precedido por el del amor a Dios y agrega “No existe otro mandamiento mayor que éstos”, ¿puede haber falta más grave como no sea renegar o blasfemar contra el Señor, que provocar intencionalmente el sufrimiento físico, moral y psicológico de nuestro prójimo “… para tenerlos a mano para apretarlos cada vez que lo necesitáramos a cambio de nada o a cambio de algo…”

(5) : “Los detenidos eran alojados en lugares no comunes, por razones de seguridad que debían ser muy rigurosas y además para tenerlos a mano para apretarlos cada vez que lo necesitáramos a cambio de nada o a cambio de algo…Aceptemos que sí, que había declaraciones bajo  fuerza” Reato Pag.71. En la página 75 Reato cita la sentencia de la Cámara Federal que condenó a los comandantes, en donde se afirma que la tortura fue aplicada “a los secuestrados…en la casi totalidad de los casos”.
(6) “Me ha tocado transitar un tramo muy sinuoso, muy abrupto del camino, pero estas sinuosidades me están perfeccionando a los ojos de Dios, con vistas a mi salvación eterna.”(Reato Pag.25.

(7)  Reato Pag.125
.
(8) ”La Iglesia cumplió con su deber, fue prudente, de tal suerte que dijo lo que le correspondía decir sin que nos creara a nosotros problemas inesperados.En más de una oportunidad se hicieron públicos documentos episcopales en donde, a juicio de la Iglesia, se condenaban algunos excesos que se podían estar cometiendo en la guerra contra la subversión, advirtiendo de que se corrigieran y se pusiera fin a esos supuestos hechos.Se puso en evidencia de que se debía concluir con esos excesos y punto, pero sin romper relaciones y sin exhibir un carácter violento, sino todo lo contrario. No rompió relaciones, sino que nos emplazó a concluir con esos hechos. Expresó lo que consideraba que no se estaba haciendo bien, porque podía corresponder a su terreno, pero no fue a más.Mi relación con la Iglesia fue excelente, mantuvimos una relación muy cordial, sincera y abierta. No olvide que incluso teníamos a los capellanes castrenses asistiéndonos y nunca se rompió esta relación de colaboración y amistad.El presidente de la Conferencia Episcopal, Cardenal Primatesta, a quien yo había conocido tiempo atrás en Córdoba, tenía fama de progresista, o sea proclive a la izquierda de entonces, pero cuando ocupó su cargo y yo era presidente del país teníamos una relación impecable.Y debo reconocer que llegamos a ser amigos y en el problema del conflicto, de la guerra, también tuvimos grandes coincidencias.La Iglesia argentina en general, y por suerte, no se dejó llevar por esa tendencia izquierdista y tercermundista, politizada claramente a favor de un bando, de otras iglesias del continente, que sí cayeron en ese juego. No faltó que algún miembro de esa Iglesia argentina entrara en ese juego pero eran una minoría no representativa con respecto al resto.”

(9) Señalamos que hemos  tomado conocimiento que Von Wernich, sigue ejerciendo su ministerio sacerdotal (al menos la celebración en privado de la Eucaristía)pese a haber sido condenado por la justicia y no haber hecho manifestación alguna de reconocimiento y arrepentimiento.

(10)  Es tiempo también de revisar esta vetusta jurisdicción corporativa y extender a las FFAA la jurisdicción episcopal que nos es común al resto de los fieles.

 

Hernán Patiño Mayerme