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DOCUMENTOS Y DECLARACIONES

HOMENAJE A LA FIGURA DEL ESCRITOR Y POLÍTICO URUGUAYO JOSÉ ENRIQUE RODÓ, CON MOTIVO DE LOS CIEN AÑOS DE SU FALLECIMIENTO

Compartimos las palabras del Senador Rafael Michelini en la Asamblea General, la cual rindió homenaje en mayo de 2017 a José Enrique Rodó, a raíz de los 100 años de su fallecimiento.

HOMENAJE A LA FIGURA DEL ESCRITOR Y POLÍTICO URUGUAYO JOSÉ ENRIQUE RODÓ, CON MOTIVO DE LOS CIEN AÑOS DE SU FALLECIMIENTO

 

SEÑOR PRESIDENTE.Señoras y señores: la Asamblea General ingresa a la consideración del orden de día.

Nos hemos dado cita, en esta sesión especial y extraordinaria, a fin de honrar la figura del escritor y político uruguayo José Enrique Rodó, con motivo de los cien años de su fallecimiento.

        Quiero agradecer especialmente la presencia en sala y en las barras del señor expresidente de la república, doctor Julio María Sanguinetti; de la señora subsecretaria de Educación y Cultura, magíster Edith Moraes; de integrantes de la Sociedad Rodoniana –que nos acompañan desde el palco–; de señores miembros de las Fuerzas Armadas, y también de representantes del cuerpo diplomático que asisten en el día de hoy.

Para comenzar el homenaje, tiene la palabra el señor legislador Michelini.

SEÑOR MICHELINI.- Señor presidente: «El trabajador aislado es instrumento de fines ajenos; el trabajador asociado, es dueño y señor de su destino». Con esta frase quería empezar. Son palabras de José Enrique Rodó, uno de sus tantos conceptos históricos, construidos en un tiempo en que todo estaba para hacer.

Señor presidente, señores miembros de la Asamblea General y público que nos acompaña: al cumplirse ayer los cien años de la muerte de esta figura inmensa, hacemos muy bien en homenajearla.

¡Vaya paradoja! Él, que tanto hizo por los trabajadores, murió un 1.º de Mayo.

Con la mencionada frase empezó su oratoria, en el día de ayer, el dirigente sindical del PIT-CNT Gabriel Molina. Es la misma frase que figura en la cartelera y en cada papeleta de afiliación a Sutel, sindicato que agrupa a los funcionarios de Antel. Esa frase de Rodó siempre los unió, siempre los acompañó; ellos saben que fueron dichas por un grande entre los grandes de las figuras latinoamericanas.

Uruguayo, profesor, intelectual, político y periodista, murió en soledad, en el sur de Italia, en una situación económica precaria y como corresponsal de La Nación y de la revista Caras y Caretasde la República Argentina.

¡Vaya si estamos en deuda con Rodó! ¡Vaya si es merecido este homenaje!

Cuando Dari Mendiondo me comentó, el año pasado, que se cumplían los cien años del fallecimiento de Rodó, me puse a revisar sus textos y lo redescubrí, ya no con los ojos de niño o de estudiante, sino con los ojos de este siglo xxi, de Internet, de teléfonos celulares, de viajes espaciales y de robótica, y me di cuenta de que su pensamiento tiene plena vigencia hoy.

Con Dari nos entrevistamos con los integrantes de la Sociedad Rodoniana y empezamos a soñar con un gran 2017 de recordación a Rodó. Se conformó la comisión de la Asamblea General, a la que sumamos a todos los organismos del Estado que querían aportar, así como también a organizaciones de la sociedad civil. Los miembros de dicha comisión, que presido, estamos orgullosos de los pasos dados.

José Enrique Rodó Piñeyro nace un 15 de julio de 1871, en Montevideo, y muere en Italia, en la ciudad de Palermo, un 1.º de Mayo de 1917.

Con esto no decimos nada de lo que significa Rodó ni de sus cuarenta y cinco años, tan intensos, de creación literaria. No decimos nada, señor presidente, de su antiimperialismo –quizás deberíamos decir de su antiyanquismo, para ser más precisos–, no desde una perspectiva economicista, sino más bien desde un punto de vista de defensa de la cultura española, en general, o grecolatina, en particular, frente a la expansión de la cultura anglosajona de América del Norte de aquellos tiempos.

No es casualidad que a los premios de cine de México los hayan denominado Ariel. México, a través del cine, quiso reafirmar su cultura y su idioma –que también es el nuestro– y nada como el Ariel, su obra más reconocida, simboliza los ideales de una cultura latinoamericana.

Rodó nació en un hogar próspero para la época y cursó sus primeros años en el colegio Elbio Fernández, pero tuvo que ponerse a trabajar ante la muerte de su padre, cuando solo tenía catorce años, para ayudar a mantener a su familia.

Fue un alumno precoz, inquieto y estudioso, y ya adolescente se apasionó por la literatura y la historia, mostrando un afán por relatar y escribir sus vivencias. Estas inclinaciones literarias ya se manifestaron siendo alumno de secundaria. Con su compañero de estudios, Milo Beretta, crearon un periódico estudiantil cuyo nombre era Los primeros albores, que mostraba al intelectual emergente que había en él.

Ya a los veintiún años escribió El que vendrá y La novela nueva, impresos y divulgados por la publicación denominada Revista Nacional de Literatura y Ciencias Sociales. En ese entonces, a Rodó, a Carlos y Daniel Martínez Vigil y a Víctor Pérez Petit, por su juventud, audacia y osadía, y además por haber fundado esa revista, se los apodaba D’Artagnan y los tres mosqueteros. Rodó, todavía muy joven, ya estaba haciendo historia.

Su pasión por escribir lo acompañó toda la vida, desde joven; y siendo catedrático interino de Literatura de la Universidad de la República, diputado por el Partido Colorado o cuando vivió en el exterior, nunca dejó de escribir, señor presidente. Escribió en plenas revoluciones blancas y en períodos de paz; escribió siempre, hasta el último día de su vida: artículos, poemas, novelas, proyectos de ley, mociones y tantas y tantas escrituras más, que por razones de tiempo no voy a enumerar. Solo para poner un ejemplo, señalo que la recopilación de su trabajo parlamentario –que hizo el Senado de la república como homenaje a los cien años de su nacimiento– llevó más de 950 páginas. Dicha publicación lleva la firma de senadores tan destacados como Wilson Ferreira Aldunate, Amílcar Vasconcellos, Mario Heber, Dardo Ortiz, Héctor Grauert, Agustín Caputi, Washington Beltrán, Jaime Montaner, Enrique Rodríguez, Juan Pablo Terra y Zelmar Michelini, entre otros.

Rodó, hombre de dos siglos, llevó en su alma y en su pluma la responsabilidad de construir el despertar, junto a Rubén Darío, del modernismo en la literatura. Estimuló la búsqueda de los nuevos horizontes, tal como escribiera en sus obras La novela nueva y El arte nuevo; como él diría, ello ha de ser «nacido de esas mismas aguas acerbas, ha de ser la espuma que corone la ola».

Rodó afirmaba que «[…] la “juventud de los pueblos” es algo más que una expresión vacía de sentido íntimo, […], y que trascendiendo a todas las cosas del espíritu, debe mostrarse también en el carácter de una literatura», y actuó en consecuencia de lo que había escrito.

Rodó es, en síntesis, una superación de la herencia cultural de la antigua Hélade, del ágora, con sus dramas, comedias y tragedias.

En Ariel se muestra la inspiración shakesperiana y en sus evocaciones, a lo largo de sus obras, tampoco están ausentes Ibsen, Taine, Tolstoi, Honoré de Balzac, Zola Cervantes y los autores del Siglo de Oro, así como Dumas, Schiller, Goethe, Mitre, Lugones y otros gigantes del mundo literario.

        Ante los rumores de que él competía con Rubén Darío, Rodó expresó lo siguiente: «De mis conversaciones con el poeta he obtenido la confirmación de que su pensamiento está mucho más fielmente en mí que en casi todos los que le invocan por credo a cada paso. Yo tengo la seguridad de que, ahondando un poco más bajo nuestros pensares, nos reconoceríamos buenos camaradas de ideas. Yo soy un modernista también; yo pertenezco con toda mi alma a la gran reacción que da carácter y sentido a la evolución del pensamiento en las postrimerías de este siglo». También evocaba su poesía «como la de los príncipes que en el cuento oriental traen de remotos países la fuente que da oro, el pájaro que habla y el árbol que canta... ». La frase hacía referencia a uno de los tantos cuentos de Las mil y una noches, aquel que trataba de la búsqueda de la verdad.

        Rodó era un polemista brillante y se enfrentó entonces con adversarios de fuste a través de diálogos, polémicas y enfrentamientos verbales durísimos, producto de la época. Nació a la vida política con Lindolfo Cuestas, y cuando este da el golpe de Estado, corta con él y lo enfrenta públicamente. Fiel defensor de la democracia, se embandera en el ala progresista del Partido Colorado y sale diputado en 1902, con treinta y un años. Ya diputado, la suerte estaba echada con respecto a un enfrentamiento con Batlle.

Pero la polémica más destacada se dio cuando se presentó el proyecto del doctor Lagarmilla para descolgar los crucifijos de los hospitales, que fue tan intensa que derivó después en el libro Liberalismo y jacobinismo. Fue un intercambio de artículos periodísticos muy duros con el doctor Pedro Díaz, pero lo llamativo era que esa puja se daba entre dos diputados no religiosos, dos laicos que se identificaban como amantes de la libertad. Uno de ellos, Pedro Díaz, fundamentaba que los crucifijos representaban la imagen de la iglesia, sus políticas conservadoras y todo lo que ello conlleva, exigiendo que los enfermos no tuvieran ningún símbolo o crucifijo en sus camas o, en su defecto, que tuvieran la libertad de que cada uno llevara el suyo. Rodó, por el contrario, argumentaba que la imagen de Cristo en la cruz nada tenía que ver con la Iglesia, que representaba el sacrificio del Cristo hombre, no del Cristo religioso, y que Cristo era el padre de la caridad piadosa. Por cierto –decía Rodó–, Cristo fue el primero en incorporar el concepto de caridad para la humanidad y lo llevó adelante hasta con su propia muerte.

Por estas razones, Rodó, un laico que defendía al Cristo hombre, caritativo y piadoso, afirmaba que como los hospitales públicos eran en sí mismos las Casas de la Caridad Humana –así, con mayúsculas–, no se podían sacar de allí esas imágenes del Cristo hombre, padre de la caridad, como tampoco se podía sacar de un aula de filosofía la figura de Sócrates, por más que se discrepara con él.

No eran tiempos de medias palabras. Rodó vivió en una época en que los conflictos se dilucidaban a través de las armas, y las discusiones y las polémicas eran tanto o más duras que los enfrentamientos armados, ya que muchas de ellas terminaban en sangrientos duelos, como el que le costó la vida al diputado Washington Beltrán en 1920.

En más de una ocasión Rodó se enfrentó duramente a José Batlle y Ordoñez. Todos recordarán el tema de la reforma constitucional –tan sentida por Batlle– que se dio a principios del siglo pasado y por ello no voy a abundar en detalles, pero hay otros episodios no tan conocidos.

Quisiera acotar que no era fácil polemizar con Batlle. A modo de ejemplo puedo decir que Batlle escribía editoriales –un día sí y otro también–, en su diario El Día, defenestrando a la Iglesia, con la palabra «dios» en minúscula, en forma radical y sin dar tregua en la defensa de sus ideas. Lo dice alguien que quizás –y sin quizás–, si hubiera vivido en aquel tiempo, se habría deslumbrado con la personalidad del Pepe Batlle, pero que reconoce las virtudes y sombras de cada hombre en su tiempo, de las cuales no estamos ajenos nosotros.

El 6 de agosto de 1912 muere Julio Herrera y Obes. Por diferentes situaciones, Batlle y Rodó habían tenido enfrentamientos, cada uno por su lado, con esta figura política.

Julio Herrera y Obes, toda una personalidad pública, fue el primer presidente uruguayo que tuvo el honor de no pasar por ninguna intentona militar o golpe de estado en su mandato. Ante su muerte, el Poder Legislativo vota una ley de honores fúnebres, y Batlle, que era el presidente en ese momento, veta dicha iniciativa. Todo esto sucedía mientras transcurría el velatorio del propio Julio Herrera y Obes. Finalmente, el veto fue levantado por la Asamblea General luego de una fuerte intervención de Rodó quien, a pesar de haberse enfrentado a Julio Herrera y Obes –lo reitero–, frente a su muerte expresó: «Es el sentimiento de respeto por las grandes personalidades que, cualesquiera que sean sus deficiencias y sus sombras, honran en definitiva la nacionalidad».

En estos enfrentamientos, quizás, esté la respuesta a por qué Rodó permaneció muchos años en el olvido del escenario político. Fue alguien que se enfrentó a los blancos, por momentos se enfrentó a la Iglesia, se enfrentó a Batlle y Ordoñez, y a muchos más. ¡Por supuesto que debieron pasar años hasta de que el mundo político volviera a reivindicarlo!

Mientras tanto, en las artes, en la literatura, en el teatro, en la formación académica, Rodó brillaba en nuestro país y, sobre todo, deslumbraba fuera de fronteras.

Muchas de estas vicisitudes y experiencias de vida las sabemos por el propio Rodó, quien mantenía una correspondencia muy franca y fructífera. ¡Por suerte, mucho de ese material aún se conserva! Las cartas que él le enviaba a su amigo, Juan Francisco Piquet, son muy ilustrativas del tiempo político que se vivía, pero no eran las únicas. También Horacio Quiroga, Rubén Darío y Miguel de Unamuno, entre otros, dan cuenta de la vida epistolar que tenía Rodó.

La semilla sembrada por Rodó –el maestro de juventudes, como se le llamaba– dio brotes enseguida entre los jóvenes del continente. La reforma universitaria de Córdoba llevada adelante por los estudiantes y su histórico manifiesto de 1918 –ya fallecido Rodó– tienen al ideario de Rodó entre sus fuentes de inspiración más importantes.

Casi al final de su vida, Rodó estuvo en Europa y allí descubrió que en Cataluña, de donde provenían sus ancestros, su apellido se pronunciaba Rudó.

En Roma, el 31 diciembre de 1916, elaboró Al concluir el año, lo que para algunos fuera su testamento, ya que lo redactó algunos meses antes de su muerte. Es ahí donde lanza su último llamado a construir la «América nuestra» mediante «la aproximación de las inteligencias y la armonía de las voluntades».

Rodó es hijo de una época fermental, de afirmación de la identidad nacional y americana, de grandes intercambios de ideas en el Ateneo de Montevideo, así como en la prensa de aquel entonces. Eran tiempos de desafíos, de afirmar una literatura nacional autóctona incluida en el universo cultural heredado de la literatura grecolatina, renacentista y romántica europea.

Para finalizar, quisiera decir que hoy homenajeamos a José Enrique Rodó y, con él, al Rodó periodista, al Rodó escritor, al Rodó profesor de Literatura, al Rodó intelectual, al Rodó político. Pero si de tantas facetas tuviera que elegir una –solo una–, me quedaría con el Rodó humanista, aquel que luchó por el bienestar de la mujer y los niños, con proyectos de ley presentados en este Parlamento, cuando todavía se reunía en el Cabildo; aquel que creyó en la caridad para los enfermos; aquel que fue misericordioso con los que fallecían, aunque fueran sus adversarios; aquel benévolo con sus detractores.

Hay una frase del esclavo griego Terencio que ha trascendido los tiempos, a la que también se refiriera Karl Marx, en otra época, ante las preguntas de su hija Jenny, y que luego Rodó destacara en un dialogo de uno de sus libros, haciéndola suya, y que me atrevo a decir que define a José Enrique Rodó de pies a cabeza: «Hombre soy; nada de lo humano me es ajeno».

Ese era Rodó y con emoción lo recordamos.

Muchas gracias.

(Aplausos en la sala y en la barra).