Salomón fue el tercer y último rey de todo Israel. La historia lo rescata como un monarca sabio y poderoso, cuyo reinado se extendió entre el 966 y el 926 antes de Cristo. Cuenta que, en cierta oportunidad erigido como juez, ordenó cortar a la mitad al niño que dos mujeres reclamaban como hijo propio. Como no había forma de establecer, a ciencia cierta, quién era la madre (no había estudios de ADN en aquel entonces), el rey adoptó la "sabia" decisión, de partir en mitades el objeto del conflicto, para así contemplar a las dos partes. Había sólo un detalle, como el objeto era un niño, si se le dividía se pondría fin a su vida. Fue entonces, que una de las mujeres, ante la inminencia de la muerte del pequeño, prefirió renunciar a él, con tal de que salvara su vida. Esa demostración, indicó a Salomón cuál era la madre verdadera y a ella le entregó el niño. De allí en más, se ha denominado como "salomónica" a la forma de impartir justicia o adoptar decisiones, que busca satisfacer con equilibrio los intereses de ambas partes litigantes.
Semanas atrás, durante la discusión de la Rendición de Cuentas en Cámara de Diputados, el centro del debate frenteamplista se ubicó en la propuesta impulsada por varios legisladores, de aumentar el gasto y asignarle 30 millones de dólares adicionales a la educación, a pesar, que el proyecto original del Ejecutivo ya contenía un importante aumento de recursos para ese destino. Si bien la propuesta comprometía el cumplimiento de las metas planificadas y superaba el límite del gasto planteado como el máximo posible por el Ejecutivo, sus impulsores insistían, fundamentando que se trataba de más recursos para la educación.
Fue tal la polémica, que hasta se realizó una reunión con nuestro presidente, Tabaré Vázquez, para intentar una solución. Finalmente, se logró un acuerdo a nivel del Frente Amplio, que resolvió el diferendo y permitió otorgar esos recursos adicionales para la educación, pero sin aumentar el gasto público ya previsto en el proyecto. Para muchos, esta decisión constituyó un ejemplo de solución "salomónica".
Se aumentaban los recursos para la educación, contemplando a los que reclamaban esa necesidad como un imperativo del ahora, pero no se aumentaba el límite del gasto público global, contemplando el punto de vista de los que sosteníamos que no debían producirse aumentos que pusieran en jaque a las finazas públicas. En definitiva, la decisión final supuso un recorte significativo de los recursos asignados a otros ministerios y, por tanto, de las inversiones previstas por estas otras reparticiones del Estado.
Es conocida mi posición de que la educación es y debe ser, nuestra prioridad. El objetivo se va a cumplir con creces, porque en el año 2009, vamos a terminar con más de 1.000 millones de dólares aplicados a esa finalidad. Una cifra muy superior a los 450 millones con los que la educación contaba en 2004. También es conocida mi opinión acerca de que para alcanzar el presupuesto educativo al que aspiramos, el programa económico tiene que ser consistente con ese objetivo. Más recursos para la educación sólo son posibles en el marco de un genuino y sostenido crecimiento de la economía. Así de simple. Y si uno apura la marcha, más de lo debido, frecuentemente se desbarranca.
La solución "salomónica" que en este caso se aplicó resultó adecuada. Se hizo un buen equilibrio entre los objetivos políticos y la sustentabilidad económica de los mismos. ¿Pero qué va a pasar en el futuro? ¿Es aceptable que en el Frente Amplio, unos se construyan una imagen de paladines de la educación reclamando recursos a toda costa y que a otros, por su afán de preservar equilibrios económicos indispensables, se los ubique como indiferentes ante las necesidades de la educación? ¿No es esto demasiado simple?
Notas atrás escribí sobre la falsa dicotomía entre los sectores de izquierda frente a este planteo. Decía entonces que podía resumirse en dos enfoques: unos miran el mundo bajo el lente de: "insensibles versus justos", donde obviamente, "justos" son los que luchan por la educación, y otros, bajo el cristal de: "profesionalismo versus demagogia", donde el "profesionalismo" representa a quien actúa con responsabilidad y rigor técnico. Pero esto, puede tener otras lecturas o variantes. Por eso, hoy quiero contarles de una en particular, que me preocupa hacia el futuro. No es nueva, pero resurge por temporadas. Se trata de lo que algunos llaman la carrera de quién es más de izquierda dentro de la izquierda.
Sin dudas, la izquierda se define a partir de su lucha por la igualdad. A lo largo de la historia, el camino para alcanzarla, ha sido objeto de permanente debate. Nunca nadie ha puesto en tela de juicio la relación que existe entre educación e igualdad. La educación aporta sustancialmente a la igualdad y es una de las herramientas más poderosas de ascenso social de los sectores más necesitados. Ser de izquierda es sinónimo también de luchar por educación para nuestra gente, de más y mejor educación para todos, como un derecho democrático básico.
Al igual que antes, quien más revolucionario y más radical se autoproclamaba, creía que más de izquierda era, hoy parece que quien ponga la bandera de la educación en lo más alto, es el más de izquierda de todos. A partir de ello, nadie podría discutir o cuestionar ese axioma, a riesgo de ser considerado débil o vacilante y perder, definitivamente, la carrera de quién es más de izquierda.
Por supuesto, si eleváramos esta lógica de pensamiento a su máxima expresión, podríamos llegar a muy buenos disparates, como asignar todos los recursos del Estado para la educación, sacrificando a todos los demás ministerios, entre ellos los rubros destinados a seguridad y salud. La propuesta, por supuesto, representaría el caos y de llevarse adelante el fracaso sería absoluto.
Si los sectores de izquierda vamos a hacer una carrera frente a los ojos de la población de, a ver quién es más de izquierda, seguramente vamos a perder todos. Primero, el Frente Amplio y luego, también todos los ciudadanos que han depositado su confianza y sus esperanzas en una fuerza política seria y madura. Finalmente va a perder todo el país. Por supuesto, el objetivo de un Uruguay más igualitario, quedaría por el camino, por nuestro propio infantilismo político y nuestra falta de sentido común.
En numerosas oportunidades he afirmado con claridad que el Frente Amplio no gana nuevamente sin una gran gestión del gobierno liderado por Tabaré. Pero tampoco gana de nuevo, sin el "Pepe" Mujica, sin Astori, sin Rodolfo, sin la Vertiente, sin los socialistas, sin los comunistas y sin un Nuevo Espacio fuerte y pujante. Todos contribuimos para el triunfo en el año 2004 y aportaremos con seguridad, cada uno lo suyo, otra vez en 2009. Y el resultado será el mejor, siempre y cuando hagamos, como ya lo hicimos, una propuesta de equipo madura y sustentable.
Imaginemos por un minuto el escenario contrario. Donde todos corremos tras la pelota sin ton ni son, tratando de demostrar en cada tema, que cada uno es más de izquierda que el otro. Que cada uno tiene una propuesta más radical, más generosa y comprometida, que la última presentada. ¿Por qué 30 millones de dólares y no 40, 50 o 100 millones adicionales para la educación? ¿Por qué no aumentar también otros rubros?
Ser de izquierda no se dirime en una subasta presupuestal, ni en una carrera de perfilismos. La lucha por la igualdad es un camino largo y complejo. Está lleno de obstáculos y cuando nos equivocamos, retrocedemos mucho. Como en una montaña, hay que ir escalando sobre seguro, paso a paso, piedra a piedra, porque cualquier tropiezo, puede significar una muy dura caída. Y quizás, pueda imponernos incluso, volver a empezar, desde el llano.
No hay fórmulas mágicas, ni hallazgos providenciales en esto. Tanto el programa que estamos aplicando como el futuro programa a aplicar y las diferentes estrategias para alcanzar los objetivos deben combinar un equilibrio imprescindible, de pragmatismos y principios. Principios y pragmatismos que, en adecuada dosis, componen un equilibrio político difícil de lograr, es cierto, pero que resulta un indispensable, para afirmar el temperamento y la obra de un gobierno transformador.
Los sectores de izquierda que tenemos representación parlamentaria ya lo sabemos, jugar la carrerita de "quién es más de izquierda" es un juego corto, es pan para hoy y hambre para mañana. Hay mucha historia en la materia para consultar, en la biblioteca de los fracasos de la izquierda en el siglo XX. No siempre se va a encontrar una solución salomónica. Somos gente grande, no miremos para el costado, ni nos hagamos los chanchos rengos.