Mi amigo Osvaldo Puccio estuvo en La Moneda, 34 años atrás, en aquellas últimas horas, junto al presidente Salvador Allende, antes de su derrocamiento y de su muerte. Santiago de Chile, 11 de setiembre de 1973. Osvaldo, de apenas 20 años, estaba allí con su padre de igual nombre, secretario general con rango de ministro, del gobierno de Allende. Estaban en la sede del gobierno chileno, junto a su presidente, resistiendo la acción terrorista, de uno de los golpes de Estado y una de las traiciones más brutales que la historia moderna haya podido consignar.
Osvaldo me contó a qué hora llegó a La Moneda para ver a su padre, del infierno desatado por el repicar de las balas, del horror que provocaba el estallido de las bombas, lanzadas desde temprano a la mañana por los aviones que sobrevolaban la casa de gobierno. Me habló de la angustia, del miedo y la impotencia de todos los allí reunidos, frente al incalificable atropello perpetrado por los militares golpistas. También, increíblemente, de la preocupación inicial de Salvador Allende por la suerte del general Pinochet, sin saber que el gran traidor de Chile estaba ya al frente de la conjura, que sería el golpista y el futuro dictador que marcaría a sangre y fuego, por más de dieciséis años, la historia de ese país.
Y me contó, con detalles, los momentos finales cuando bajo fuego, la convicción inquebrantable de aquel hombre y su enorme valor, le permitieron plasmar en su discurso final trasmitido por radio a todo el país, aún en las peores circunstancias, un histórico legado de lucha y esperanza: "Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!". Me sigue emocionando, me sigue erizando la piel semejante demostración de entereza, de lealtad y de compromiso.
Muchos años después, el destino quiso que Osvaldo fuera ministro del gobierno del presidente Ricardo Lagos, tal como su padre lo fue de Allende. Esto implicó que durante varios años trabajara en La Moneda, el mismo edificio que, prácticamente destruido por las bombas del fascismo, fue obligado a abandonar un 11 de setiembre. Día funesto si los hay, que a todos nos pegó en el corazón. Estoy convencido que el terrorismo de Estado ejercido por Pinochet, no sólo mató, degradó, torturó, sino que hizo desaparecer a muchas más personas que el atentado terrorista de las Torres Gemelas del 11 de setiembre de 2001.
Sin embargo, la comunidad internacional no reaccionó contra el golpe de Estado en Chile, de la forma que lo hizo con el atentado a las Torres Gemelas en EEUU. Quizás, como vivíamos en el marco de la guerra fría y éramos peones de un ajedrez en el cual nuestra suerte poco importaba, patéticamente, el mundo podía dar por asumible aquello que a escala humana constituía una tremenda tragedia.
La experiencia chilena fue extremadamente cruel. La cantidad de muertos, de detenidos y desaparecidos, la persecución y aquel ensañamiento, que parecía no tener límites, hasta convertirse en una barbarie enferma y asesina no podrá ser borrado jamás de nuestra memoria. Un golpe mortal de sufrimiento, una historia desgarradora que, como dice García Márquez, "ocurrió en Chile, pero ha de pasar a la historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los hombres de este tiempo, que se quedó en nuestras vidas para siempre".
Así fue derrocado el gobierno de Allende, así quedaba brutalmente cancelada la vía chilena al socialismo, su tránsito democrático y pacífico. Y ese sangriento fracaso, encerraba también un cruel mensaje para las aspiraciones y las esperanzas de la izquierda en todo el continente. Para buena parte de ella, representaba la prueba palmaria, de que el camino democrático al socialismo era un imposible y por tanto, la única forma de lograr el cambio social y superar la pobreza de nuestros pueblos, era arrancándole el poder a los que detentaban el privilegio y sometían a nuestra gente. Y ahora estaba claro que eso por las buenas, no iba a ocurrir.
La traición de Pinochet y de las fuerzas armadas chilenas no solo derramó sangre de su propio pueblo, sino que se constituyó en argumento central de quienes creían que el único camino posible para la igualdad era la vía armada. La revolución cubana representaba un modelo triunfante, el gobierno de la Unión Popular en Chile era la otra opción, la alternativa pacífica y electoral. Para muchos, a partir del 11 de setiembre de 1973, ese debate quedaba saldado y el camino estaba marcado. Había una experiencia exitosa, la cubana, y había una alternativa derrotada, aplastada, la chilena. El camino real era Cuba, la guerrilla, la preparación para el asalto al Estado y la toma del poder.
Debieron pasar muchas cosas para que toda la izquierda latinoamericana volviera sobre sus pasos y retomara el camino democrático que había iniciado Allende. Fueron muchos años de sufrimiento, de pérdidas de compañeros, de fracasos guerrilleros que acumularon dolorosas derrotas. Años en los que nos impusieron luego, la suprema indignidad de convivir con peores desigualdades, pero sin democracia y sin libertades.
Tiempos de construcción silenciosa, subterránea, de impulsar muy amplias alianzas en cada país, para enfrentar a las dictaduras, de incorporar las experiencias de los compañeros del exilio y de las nuevas generaciones que desde los sindicatos, las universidades, en los barrios, cooperativas u organizaciones de DDHH, fueron protagonistas centrales de la recuperación de las libertades fundamentales para nuestra gente.
Muchos años de lucha para recuperar la democracia, ahora revalorizada e imprescindible, para pelear por los derechos humanos. Y después vendría el derrumbe del comunismo, el tiempo de las revoluciones democráticas en el este europeo, el fin de la guerra fría y la irrupción de un fenómeno irreversible: la globalización. Todos estos acontecimientos provocaron una profunda reflexión en la izquierda, un análisis crítico del pasado y una nueva visión de los procesos de cambio, que volvía a situar al camino democrático y pacífico como el único transitable para la construcción social de la igualdad.
En Chile, nos guste o no, las cosas fueron mucho más difíciles. Sólo un permanente y multitudinario esfuerzo permitió remontar el peso de tan nefasta tragedia. "Volvamos al trabajo de organización de la gente", "a rearmar sindicatos", "la movilización popular", "la lucha política", fueron las consignas más invocadas, aunque a priori, generaban sus dudas, pues significaban un camino ya recorrido, que había conducido a una gran frustración con miles de compañeros muertos.
Las mismas dudas que producían los intentos de alianza con la Democracia Cristiana, ayer, un opositor frontal del gobierno de Allende, que aportó además, en buena medida, a su desestabilización. Por eso lo conseguido por la izquierda chilena hoy, resulta tan valioso, pues para asumir el camino de la democracia y la construcción de amplias alianzas, para alcanzar la libertad y superar desigualdades, debió superar antes muy fuertes adversidades.
Desde 1990, con el triunfo de la Concertación y sus sucesivos gobiernos, Chile ha mejorado paulatinamente las condiciones de vida de su gente y ha avanzado sustancialmente en libertades y derechos, de sus ciudadanas y ciudadanos. El pueblo y la izquierda chilena pagaron un enorme precio por ello. A 34 años del golpe de estado en Chile, hoy, 11 de setiembre, quiero hacer un reconocimiento a todos los chilenos y chilenas de izquierda que, ante la más cruda adversidad y a pesar de diferencias y desencuentros, supieron construir su propio camino, en paz y en democracia. A 34 años, se abren, sí, paso a paso, las grandes alamedas, y un hombre y una mujer cada día más libres, son el mejor homenaje a Salvador Allende, cada vez más grande e inmortal.
La Republica, Martes 11 de setiembre de 2007.