En 1981 el presidente Miterrand, en sus primeros días de gobierno, conformó un gabinete ministerial que incluía miembros comunistas. Era un momento de romance de toda la izquierda francesa, que se expresó electoralmente en el ballotage. La unidad logró el triunfo en aquel año y fue allí, en Francia, donde por primera vez escuché aquella frase, que yo mismo utilicé mucho tiempo después: "Izquierda vota izquierda". Frase que surge siempre del corazón, pero que integra también toda la cuota de razón.
Cuando, con el correr del tiempo, periodistas, politólogos, sociólogos o historiadores, hagan un racconto de los principales sucesos de la historia de la izquierda uruguaya y de sus últimos 60 años, de los encuentros y desencuentros, de las marchas y contramarchas, pasando por la fundación del Frente Amplio hasta la conformación de la Nueva Mayoría nos llevó a la victoria de 2004, van a tener que concluir, que en ese periplo, hay un proceso de acumulación interesantísimo y que, como la izquierda en Francia, tiene mucho de teoría y mucho de corazón.
Esta acumulación no ha sido lineal, ni ha estado exenta de problemas, se ha forjado en el marco de las diferencias y al calor de profundas discusiones. La propia fundación del Frente Amplio, entre muchas otras cosas, significaba transitar el camino institucional y electoral, en respuesta al camino de la insurrección y de las armas, que sin dudas se hallaba en auge en aquel tiempo. Si bien nos presentamos todos juntos a la instancia electoral de 1971, una vez culminada la elección con la derrota electoral de la izquierda, los compañeros que creían que la revolución armada era el camino cierto para gestar el cambio político y social, volvieron a tomar esa senda y a enfrentar su destino.
Los comunicados militares 4 y 7 del 9 de febrero de 1973 confundieron y dividieron a la izquierda, no sólo por el marcado peso de la experiencia del gobierno militar peruano, que para algunos representaba una alternativa posible y una expectativa real en nuestro país, sino por los diferentes puntos de vista que en la propia izquierda existían acerca de las Fuerzas Armadas y de su papel, en aquella crítica situación.
En las elecciones internas de 1982, en plena dictadura, el voto en blanco propiciado por el general Seregni desde la cárcel, no fue aceptado por todos los grupos, y los que participaban en la Convergencia Democrática junto a Wilson Ferreira, como el Partido Comunista o el Partido Socialista, no compartían ese paso en aquel momento particular.
Recuperada la democracia, las discusiones internas que se registraron a partir de 1986, que tenían como centro el valor de la libertad en el marco de nuestra lucha en favor de la igualdad, volvieron a poner la unidad en crisis, ya que muchos compañeros no asumían el valor de la democracia y las libertades individuales como componentes fundamentales de nuestro proyecto político. Hoy esos temas ya no se discuten, pero constituyen elementos muy importantes para comprender la crisis y la ruptura de 1989.
A lo largo de esta historia, sean más grandes o más pequeños, errores tuvimos todos. Pero el común denominador, además de nuestros valores, nuestra sensibilidad y nuestra lucha, ha sido la discrepancia política, la confrontación de ideas, los conflictos internos generados por las diferentes lecturas de realidad que tenemos los sectores que conformamos la expresión política plural de nuestra izquierda. Quizás esa haya sido nuestra debilidad y a la vez, nuestra principal virtud y fortaleza, una fuerza que es capaz de crecer en constante discusión.
Durante este camino histórico de desarrollo de la izquierda uruguaya, nos han acompañado al menos tres ejes de discusión, que han representado, por qué no decirlo, tres contradicciones importantes y permanentes. Hoy, en buena medida, el propio paso del tiempo y su veredicto histórico, han ido resolviendo algunas de ellas, más allá de nuestros atascos y resistencias.
Si se toma como muestra cualquiera de las etapas señaladas: la fundación del Frente Amplio, la crisis institucional de febrero del 73, el período de la dictadura en sus diferentes facetas, las internas del 82, la ruptura del 89 y la unidad que posibilitó la victoria en 2004, estos ejes de discusión están presentes. A saber:
Reforma vs. Revolución. Varios sectores del Frente Amplio, con mucho menos fuerza en el presente, afirmaban resueltamente en el pasado que el cambio político y social que perseguíamos, sólo se podía conseguir mediante una ruptura, un corte brusco, notorio, definitivo, que derribara el sistema. El asalto al Estado, la toma del poder, o sea la revolución. Si esto no ocurría, todos los cambios que pudieran gestarse desde la gradualidad democrática e institucional, representaban paños fríos, parches o pasos insignificantes. A la vez, se reprochaba que todos los esfuerzos de cambio desplegados en el marco del sistema, terminaban convalidando la desigualdad y la pobreza en nuestra sociedad, cuando no, retardando la conformación del proceso revolucionario. Por qué contentarnos con lo menos, con las reformas, si podíamos conseguir lo más. Había que ir por todo y hacer la revolución.
Con el correr de los años, los fracasos, la globalización y sobre todo la devastadora experiencia de los países del socialismo real, afectaron fuertemente esta visión, disminuyendo drásticamente su influencia en el debate. Pero ocurrió así, a partir de la experiencia y de la constatación histórica. No fue el fruto ni la conclusión, de una discusión a fondo de la sustancia misma de ambas teorías. No surgió como resultado de la reflexión profunda, sino como el profundo veredicto de los hechos y por tanto, no representa el mérito de la razón. Quizá porque los que estábamos convencidos del camino democrático y de las reformas, no tuvimos la fuerza para convencer acerca de ello. Quizá porque aquellos compañeros que creían que el camino era la revolución, se aferraron de tal forma a esa convicción, que sólo la lección de la historia podía comprobar su valor. La falta de apertura y debate restó comprensión, el veredicto final provocó en muchos desánimo y resignación.
Libertad vs. Igualdad. En la búsqueda de la igualdad, en la lucha contra la injusticia, y en nuestra ansiedad por superar la pobreza, algunos compañeros creen que nada puede restringir ese objetivo y ese esfuerzo. Y si en el transcurso de esa lucha, para alcanzar nuestra finalidad es necesario cercenar, aunque sea sólo temporalmente, las libertades de los ciudadanos, resulta entendible y se justifica plenamente. Esta discusión, durante décadas, se ha dado en el plano de los principios. ¿Cuán libres son los pobres? ¿Cuán libre puede ser un indigente, si en su libertad no tiene qué comer? Preguntas o argumentos similares a éstos hemos escuchado en múltiples ocasiones y con serios fundamentos. Pero el tiempo ha permitido que la discusión en el plano de los conceptos haya encontrado respuestas en el plano de la realidad. En efecto, todas las experiencias de restricción o eliminación de las libertades públicas, más allá de las intenciones, no han hecho otra cosa que empeorar las condiciones sociales y alejarnos de nuestro objetivo de igualdad. Ya no se trata de qué valor prima, si es la libertad o si es la igualdad, ya que esta última no se puede realizar sin la primera. No hay derechos laborales y mejoramiento de la vida de los trabajadores sin libertad. Así de simple.
Pragmatismo vs. Principios. Aquí y hoy, en nuestra responsabilidad de gobierno nacional, se plantea a menudo, una dicotomía entre ambos conceptos, que genera incluso posicionamientos políticos de los distintos sectores. Así, se presentan aquellos que afirman que sólo importan los principios y no están dispuestos a rebajar ningún punto de su programa perfecto. Y están aquellos para los que únicamente existe el imperio de la realidad, asumen sólo sus condiciones y establecen como guía sólo aquello que la realidad determina o delimita. Unos creen que sólo los actos de gobierno cuentan y otros creen que gobernar no es lo más importante, sino que lo primordial es mantener un programa hecho principios. Pero como no todo es blanco o negro y la política, justamente, sólo habita en el reino de los matices, el esfuerzo y la experiencia, se admita o no, siempre recogen otros contenidos. El camino del cambio necesita de ambas firmezas: realismo y valores. Así es que, en el proyecto de ley del Sistema Nacional Integrado de Salud, por ejemplo, se combinan el pragmatismo, o sea las fuentes de los recursos necesarios, y los principios, el gran objetivo: posibilitar la atención mutual a más de 400.000 niños.
El camino de las reformas, el profundo respeto de las libertades, la solidez de nuestros principios, el pragmatismo necesario para tener los pies en la tierra, la flexibilidad para sortear nuevos obstáculos y la capacidad de reflexión colectiva para comprender y aprender de nuestra propia experiencia, son condiciones imprescindibles para avanzar, para crecer, para cambiar y obtener más igualdad, más libertad. Esta conjunción de potencialidades y realizaciones nos va a permitir desarrollar, en las etapas que vienen, cada día más, nuestra izquierda uruguaya, unida y democrática, con mucho corazón y mucha más razón.
La República, Martes 20 de noviembre de 2007.