Una nueva Editorial de Rafael Michelini en la contratapa del diario la Republica, evaluando la gestión en el tercer aniversario del triunfo del Frente Amplio.
EL URUGUAY DEL SÍ, SE PUEDE / RAFAEL MICHELINI
El Vasco llegó a Montevideo con una mano atrás y otra adelante. Viajó en la bodega del barco con su mujer y sus primeros hijos, los que nacieron allá, en España. Cuando llegó al puerto, esperó" horas, ahí nomás, a que alguien lo contratara. En principio por casa y comida, no podía pedir más, necesitaba techo y abrigo para su piróle.
Vaya a saber por qué, el vasco recaló en Montevideo y por qué lo contrató un hombre de campo, que lo llevó, a él y a su familia, a 25 de Mayo, allá en el departamento de Florida. Unos 20 años después, el vasco, trabajador inquebrantable, a paso firme, le compró el tambo al patrón, lo agrandó y pasó a acumular un capital considerable. Murió como vivió, trabajando.
Cuántas historias como esta podríamos contar. Esas que todos conocemos. De emigrantes, de distintas nacionalidades, de grandes precariedades iniciales, de sacrificio, de abrirse camino en esta tierra. Seguramente infinitas. Era el país de los años 20, 30,40, el Uruguay de las oportunidades, del trabajo, del salir adelante, del esfuerzo, el progreso y el orgullo.
Era un Uruguay pujante. Por supuesto que también desigual, injusto, discriminatorio. Basta sólo pensar que la mujer no podía trabajar ni manejar su dinero y claro, tampoco podía ejercer el voto. Pero era un país con fe en sí mismo. Destacábamos en el mundo. Nuestro producto per cápita era más importante que el de muchos países europeos, vivíamos en paz en un mundo de guerra, y por cierto, también sobresalíamos en los deportes. Confiábamos en nosotros mismos, en nuestro futuro.
El sueño de progreso y esa confianza en nosotros mismos, con fuerte arraigo en la vida nacional, se fue apagando, lentamente. Graves errores y muy malas decisiones, fragmentación, atraso, comodidad y falta de visión, de los gobiernos y de la dirigencia política tradicional, nos arrimaron a la decadencia. Hasta que acontecimientos extremos, como la violencia, el golpe de Estado y la dictadura militar, asestaron un golpe mortal a lo que quedaba de aquella fe, de aquel optimismo colectivo.
Desde la adversidad luchamos con ahínco y con valor, forjamos entre todos la salida democrática y la derrota de la dictadura. Lo hicimos llorando nuestros muertos, pero con una fuerza inmensa, con demostraciones y movilizaciones impresionantes que hacían otra vez posible el sueño de un país distinto, que ilusionaban con cambiar la pisada, volver a ser nosotros mismos, a reconstruir el país del progreso y del orgullo.
La recuperación democrática fue muy importante pero aún estábamos muy lejos de recuperar las fuerzas y el sueño perdido. Ahí mismo tuvimos un enorme traspié. El efecto psicológico de la Ley de Caducidad aplicó otro golpe brutal a nuestra expectativa colectiva y a nuestra propia autoestima. El chantaje del pasado nos impedía despegar, liberarnos, cambiar, nos volvía a poner en la circunstancia de que no valíamos nada, que un grupo de militares nos amenazaba, asustaba y echaban por tierra la esperanza de todo un pueblo.
La debilidad de gobiernos minoritarios, de partidos tradicionales divididos, de presidentes con fracciones de apoyo más minoritarias todavía y actuando con la soberbia de siempre, trasmitían la imagen de un país donde nada se puede. Los acuerdos de blancos y colorados, las coaliciones o acuerdos nacionales o entonaciones nacionales y demás paquetes tradicionales de reparto, nunca despertaron fervor popular, no encendieron expectativa alguna en la población. Perdido el entusiasmo, languideciendo, la mediocridad nos seguía arrastrando.
La crisis de 2002 trocó el sueño por pesadilla, su avalancha nos liquidó. Bajo la conducción del Dr. Batlle, apellido ilustre en nuestra patria, un cúmulo de errores y situaciones para el mejor olvido, nos dejaron hasta la cabeza en el fango. La corrida bancaria, la devaluación, las empresas que cerraban, el endeudamiento, la desocupación que arañaba el 20%, los aeropuertos atiborrados de uruguayos que se iban, la indigencia y la pobreza que se adueñaban de nuestra gente conformaban el panorama más desolador. Parecía el golpe final. Había que remontar un partido que perdíamos 100 a 0 y el problema mayor era que los que conducían ya habían bajado los brazos.
Por eso, fueron muy importantes los actos del 19 de abril y 25 de agosto de 2002, convocados por los sectores gremiales y políticos de un amplio abanico. Porque de a poquito empezamos a reagrupar a la gente, a curar los heridos y a darnos ánimo. Un gran gol fue el plebiscito por An-cap, una voz profunda diciendo: no arruinen nada más, por favor.
Fue la antesala de la victoria por goleada del 31 de octubre de 2004, del que ya se cumplen tres años. Y dimos otro gran paso, cuando antes de asumir, en enero de 2005, nos plantamos firmes y le dijimos al Fondo Monetario que el Plan de Emergencia era innegociable, que se realizaba sí o sí.
Ambos episodios nos dieron fuerza, el triunfo de la izquierda y la determinación absoluta que la deuda con los pobres estaba primero. La creación de los Consejos de salarios, la rápida solución a la crisis de Cofac y los primeros lincamientos expresados en nuestro presupuesto nacional, priorizando fuertemente a la educación, también empujaron en la misma dirección.
La entrada a los cuarteles a buscar seriamente los restos de los desaparecidos, la exigencia de información, la habilitación a la Justicia para que pudiera actuar, las extradiciones y el procesamiento de los militares, policías, y civiles responsables de delitos de lesa humanidad, cambió el espíritu de los uruguayos y empezó a desaparecer esa sensación de que éramos de quinta categoría en el orden mundial.
Hoy, el escenario ya es otro. Hay una ebullición fermental, en lo social, lo cultural, en lo económico, en el campo, en el mundo del trabajo, que hace que pocos recuerden el tembladeral de estos últimos 40 años. La caída del desempleo al 8,5%, los más de cien mil trabajos nuevos creados en dos años, los presupuestos para la educación y el Poder Judicial, los 400 mil niños que entrarán en la cuota mutual en los próximos meses, la caída de la indigencia, la disminución de la pobreza, los niveles de consumo alcanzados, el corte definitivo con el Fondo Monetario, marcan que el espíritu de los uruguayos es otro hoy en día, hay otro temple, otra confianza e invita a creer que muchas cosas son posibles.
Solo han pasado dos años y medio de gobierno y se respira otro aire. Aunque, increíblemente, según blancos y colorados; nada hacemos bien en el gobierno. Si hay avances, son producto de la suerte, por empuje del comercio exterior o por generación espontánea. No se dan cuenta que perdieron el tren, son la herramienta vieja y gastada, que sólo ofrece retorno al pasado, al Uruguay deprimido y estancado. Hasta que no cambie o se modernice, la derecha tradicional, aunque presente otras caras o cambie el garrote por la sonrisa, no tiene capacidad de entusiasmar a nuestra gente.
Quiero afirmar este espíritu recuperado, ese talante y esa voluntad de ir adelante. Estamos dejando atrás una mala onda de más de 40 años. Sacándonos de encima más de 40 años de desazón. Hoy ya sabemos que es posible, se puede construir un Uruguay diferente, lo estamos viendo. Tenemos una gran oportunidad, una real y concreta, para todos y es ahora.
Las inversiones, el crecimiento del empleo, el desarrollo del país productivo, llegó y está entre nosotros. Está en nuestras manos hacer que se instale y se afirme, que se proyecte y se profundice. Para que el Uruguay vuelva a ser un país generoso en oportunidades. Para nosotros y para otros, .que como el vasco, van a venir a construir su sueño y van a encontrar un Uruguay pujante y en desarrollo, donde sí se puede.
(*) Senador del Nuevo Espacio-Frente Amplio
La República, Martes 30 de octubre de 2007.