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Rafael Michelini - La República

Libertad versus Seguridad

Naomi Klein, en la edición de julio de la revista Rolling Stone, publica un extenso articulo (más de cuatro páginas), acerca de los sofisticados sistemas de control que se están instalando en la ciudad de Shenzhen, al sur de China, en los alrededores del delta del Río de las Perlas, próximo a Hong Kong. En su trabajo, Klein nos cuenta que ya se han dispuesto más de 200 mil cámaras de seguridad, entre públicas y privadas, y que los programas de identificación de personas que van a aplicarse tienen como proveedor a Estados Unidos. En poco tiempo, cuando se complete la instalación de la red, se podría llegar a identificar, prácticamente, a cada ciudadano que circula por las calles de Shenzhen, en tiempo real.

Si los chinos pueden hacerlo en ciudades de entre seis y diez millones de personas, imagínense el nivel de precisión y control que se podría desarrollar, en ciudades de mucho menor tamaño y cantidad de habitantes. Pensemos también lo que puede suceder a futuro, si los acuerdos y la cooperación entre los países permiten generar bancos de información compartidos, con datos y fotos de identificación de los ciudadanos. De ahí a vivir bajo el ojo del Gran Hermano habría sólo un pequeño paso. Por supuesto, representa una perspectiva de pánico, que el Estado pueda controlar hasta cuando salimos de paseo.

Está claro que sin seguridad, no es posible el desarrollo de nuestra libertad, ni individual ni colectiva. No es posible la libertad en el marco del todo vale o en el todos contra todos, no hay goce de la libertad si no se asegura el orden y el cumplimiento de leyes. Para que no exista la ley del más fuerte o la arbitrariedad como simple respuesta, debe establecerse la existencia de una fuerza superior, el Estado, que garantice la vigencia y ejercicio de derechos fundamentales, como la paz, la justicia y la libertad, indispensables para el normal funcionamiento de la vida en sociedad.

Ahora bien, la historia nos enseña que el poder coactivo del Estado no se ha usado solamente para perseguir a quien viola, mata o roba, sino que, en el casillero de delincuente, con dramática frecuencia también se ha ubicado al diferente, al que tiene una opción sexual distinta, al que protesta porque su salario es bajo, al pobre o al que se rebela frente a la arbitrariedad. En nombre de la seguridad colectiva, se han recortado las libertades, de algunos primero y las de todos después. Restricciones y avasallamientos de libertades y derechos, que cuesta años o décadas, de lucha y sufrimiento, poder superar. Por ello, es que la libertad es un bien colectivo que hay que atender y cuidar permanentemente y que debemos defender todos los días.

Después del 11 de setiembre de 2001, a raíz del atentado contra las torres gemelas en EEUU y los perpetrados en diferentes países, por la actividad terrorista de Al Qaeda, la libertad sufrió un enorme retroceso en todo el mundo. En primer lugar, por la propia acción terrorista, que provocó la muerte de miles de personas, en general gente humilde y de trabajo. En segundo lugar, por la demencial respuesta del gobierno norteamericano, que lo primero que hizo fue recortar los derechos y garantías individuales, como parte de su estrategia de guerra preventiva contra el terrorismo. El contraataque incluyó guerra e invasión a dos países musulmanes, que ocasionaron otros tantos miles de muertos.

Aquellos atentados, desde todo punto de vista tan repudiables, representaron a la postre, el mejor regalo y oportunidad para la derecha republicana más fanática y conservadora.

Como ha quedado históricamente demostrado, además de que no es posible la libertad sin seguridad, es también cierto que no hay seguridad sin libertad. Y no es un juego de palabras. Nadie está seguro si quien ejerce la fuerza del Estado, lo hace de forma caprichosa, con injusticia, defendiendo intereses individuales o corporativos. La arbitrariedad suele traer como consecuencia una respuesta radical y violenta. Ejemplos con respecto a ello, tenemos cientos y varios son contemporáneos.

La mejor forma de cerrarle el paso a las arbitrariedades, es justamente, garantizando la más amplia libertad de pensamiento y manifestación. Que la gente pueda opinar libremente, protestar, que cada individuo pueda publicar, agruparse, organizarse y proclamar, individual y colectivamente su verdad, para que, posteriormente, sea analizada y contrastada por el resto de los ciudadanos. Con amplias libertades, puede que igualmente existan arbitrariedades, pero serán pocas y por poco tiempo.

Así las cosas, podría afirmarse que, en definitiva, es tan necesaria la libertad como la seguridad, que debería cuidarse el equilibrio entre ambas y que ninguna debería primar sobre la otra. En un mundo perfecto quizás, pero en la sociedad en la cual vivimos, yo creo que es bueno que la balanza esté inclinada en favor de la libertad, por poco que sea. Es a partir de nuestra libertad, que podemos encontrar y organizar respuestas institucionales a los problemas de inseguridad que nos aquejan. Pero sin libertades, nada se va poder solucionar en la materia y lo que es peor, los problemas de inseguridad de los ciudadanos tendrán como responsable al propio Estado y su política autoritaria.

Con libertad, puedo y quiero seguir denunciando que la cárcel norteamericana de Guantánamo es una aberración y un oprobio para toda la comunidad internacional. Que la reclusión en esa base, bajo la bandera de Estados Unidos es ilegal, violenta los más elementales derechos humanos y representa una flagrante ruptura con toda norma internacional respecto al trato y derechos de los prisioneros. Las personas allí recluidas reciben apremios y torturas, tratos inhumanos y degradantes, sin ningún proceso legal en curso y sin el más mínimo respeto de sus garantías individuales.

Mientras se mantenga a Guantánamo, como verdadero pozo de reclusión, tortura y humillación, no se hará otra cosa que potenciar al máximo los fanatismos, como una invitación airada y permanente, al odio, la venganza y a las respuestas más irracionales. Por eso hay que denunciarlo y condenarlo, en cada oportunidad, mucho más allá de que, quizás, los allí recluidos tengan responsabilidades directas o indirectas en las actividades terroristas que han causado cientos y miles de víctimas.

Guantánamo representa una afrenta para cualquier sensibilidad democrática basada en el respeto de los derechos humanos, pero peor aún sería la situación, si ni siquiera lo pudiéramos denunciar. Por eso, entre la libertad y la seguridad, reconociendo claramente el valor y la necesidad de ambas, igualmente lucho para que la balanza se incline en favor de la libertad. Porque la libertad, como siempre, es nuestro derecho fundamental y nuestra principal garantía.

Senador Rafael Michelini

Sábado 19 de julio del 2008.

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